
Hace 23 años: el 26 de Abril de 1986 en la central nuclear de Chernobyl, una pequeña localidad ucraniana, situada a tan sólo 12 km de la frontera con Belarús, se produce un accidente que por sus dimensiones y consecuencias, resultó ser un acontecimiento ecológico extremo de carácter internacional.
Las condiciones meteorológicas del desplazamiento de las masas de aire radiactivamente contaminadas, del 26 de abril al 10 de mayo de 1986, tomadas en conjunto con las precipitaciones determinaron la envergadura de la contaminación del territorio beleruso. Aproximadamente 2/3 de las sustancias radiactivas, arrojadas a la atmósfera por las explosiones, han caido sobre Belarús, lo que la ha convertido en una zona gigantesca de desastre ecológico. Una importante parte del territorio nacional habitado por más de 2,2 millones de personas fue afectada por la radiactividad e inutilizó cerca del 20% del agro.
Hubo un factor determinante que agravó aún más las consecuencias de la catástrofe: en que los días siguientes a la explosión se celebraban las tradicionales fiestas del 1º de Mayo, Día Internacional de la Solidaridad de los Trabajadores, y centenares de miles de personas se expusieron a la lluvia radiactiva, ignorantes del peligro que corrían.
Sería injusto afirmar que la gente que vivía en las áreas afectadas por la catástrofe quedó completamente abandonada. El 30 de abril de 1986 se tomó la decisión de evacuar a las mujeres embarazadas y a sus hijos de las zonas peligrosas. En los primeros días que siguieron al siniestro de 107 aldeas y pueblos fueron evacuadas en total 24700 personas. Hoy día las tierras evacuadas representan una vastísima región denominada “Zona despoblada” y comprende 415 localidades (273 en la región de Gómel, 140 en la de Moguiliov y 2 en la de Brest).
Habrá que señalar que muchos belarusos residen en territorios con elevados índices de contaminación radiactiva. Hasta hoy día en las zonas afectadas por el desastre se consumen productos de huertos privados, siendo éstos la fuente principal de penetración de radionucleidos en el organismo humano, lo que a su vez provoca que la población se exponga no sólo a la radiación externa, sino también a la interna.
En 1986 el desastre de Chernobyl causó 31 muertos. Son cifras relativas a las víctimas que integraron el personal de la central y los bomberos, que no sobrevivieron a la intensa radiación a la que estuvieron sometidos mientras combatían las llamas que ardieron 20 días. Actualmente se manipulan cifras que la avería causó miles y miles de muertos durante los años siguientes, a medida que la exposición a la radiación hizo su efecto.
Durante los últimos 23 años han sido publicados estudios y estadísticas que muestran un importante aumento de casos relativos a enfermedades degenerativas. Habrá que constatar el lamentable hecho de que entre los más afectados están los menores de 14 años, conocidos como los niños de Chernobyl. En la región de Gómel, zona situada en la frontera con Ucrania, ya se han detectado unos 50 mil casos de cáncer de tiróides de niños. Algunos perdieron el pelo, otros han tenido que ser operados para extraer tumores. Hay numerosos casos cuando e nacen bebes con labios lepórinos, retraso mental, insuficiencia cardíaca y otras anomalías.
En diferentes conferencias patrocinadas por la ONU, así como en otros foros internacionales los dirigentes de Belarús en reiteradas ocasiones declararon que el accidente de Chernobyl había planteado cuestiones complicadísimas, cuyas soluciones no son posibles sin la asistencia de la Comunidad Internacional.
Como resultado en 1988 la ONU reconoció el carácter interplanetario de las consecuencias de Chernobyl, clasificándolo como una global catástrofe radiactiva-ecológica. En 1995 ese mismo organismo centró la atención de la Comunidad Internacional en los agudísimos problemas de los belarusos, afectados por la catástrofe de Chernobyl, definiéndola como tragedia internacional humanitaria de longevas consecuencias. En varios países del mundo fueron creadas numerosas organizaciones gubernamentales y nogubernamentales que brindaron valiosísima ayuda a la nación belarusa.
La permanente presencia de Chernobyl en Belarús se ha hecho un factor decisivo en todas las esferas de la vida de la generación actual y para muchas generaciones próximas. Durante los últimos 23 años el país se vio obligado a hacer importantes inversiones para cubrir las secuelas del accidente; la sumatoria de estos gastos de Belarús superó a 15 mil millones de dólares estadounidenses.
Ya han transcurrido 23 años de haberse producido la catástrofe de Chernobyl, que marcó el comienzo de una etapa funesta en la historia belarusa, cuyas secuelas tienen un carácter global. La comunidad internacional va comprendiendo poco a poco y durante largos años tendrá que aprender lecciones amargas de uno de los acontecimientos más trágicos del siglo XX. Para que no se repitieran en el Planeta, nuestra casa común, horroríficos casos como el de Chernobyl la Humanidad ha de prestar atención adecuada a los sistemas de medidas preventivas, tanto durante la elaboración como en la propia realización de las actividades de seguridad para los reactores nucleares en funcionamiento y a la prevención de los efectos de la radiación a largo plazo.
Fuente: Embajada de la República de Belarús en la República de Argentina.
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