Dina Rubina es una de mis favoritas autoras contemporáneas que escriben en ruso. Los que estudian Ruso, pueden ver su sitio personal: Dina Rubina.com y saber más de ella o leer algunas de sus obras que ahí se exponen.
Y, creo, no hay mejor manera de conocer a un escritor, que leer lo que escribe. Uno de mis amigos, Daniel Barros me mandó la maravillosa traducción que hizo de un cuento de Dina Rubina.
¡Que lo disfruten!
CLASES DE MÚSICA
Dina Rubina
Temprano o tarde voy a escribir la historia de mi relación con la música. Ésta será una historia triste y graciosa.
Mejor dicho: una historia sobre mi relación con la formación musical, esa empinada escalera de peldaños inestables que hube de superar durante 16 años. Si, 16 angustiosos años de respiración pesada, brillo en los ojos y escalar por los peldaños… subir, subir, por alguna razón había que subir a cualquier precio; ¿hacia el diploma del conservatorio?... No, sino precisamente por ella, por la música: por esa madrastra, o mejor, padrastro; ese padrastro severo, inteligente y justo que en el momento en que yo más lo necesitaba me sacó la tontera de la cabeza y me puso los pies en la tierra.
Forzada dentro de mí, la alta educación musical se instaló como un apéndice infectado crónico que me recuerda su existencia en los momentos más inesperados de la vida. Y así, una melancolía violinesca me invade al contactarme con mi pasado musical, aunque no se trata exactamente de melancolía, sino más bien de su fantasma, porque la melancolía misma ya no existe; ella murió, quedándose en la frontera de dicho pasado; y entonces el fantasma se condensa y acaricia mi espíritu con delicadeza y yo me estremezco y me digo a mi misma que temprano o tarde voy a escribir la historia de mi relación con la música.
Pero no todavía, aún no es hora. Y no porque le tenga miedo a ese roce cortante con el pasado, sino simplemente porque ahora tengo otro cuento que contar.
…Durante la primavera terminé mi primer libro, y yo vivía por él. En realidad no vivía, sino que sobrevivía semanas y días en una angustiosa espera que desgastaba mi alma. Habitaban en la casa misterios tipográficos, signos mágicos: “primera corrección”, “segunda corrección”, “versión final”.
Yo no podía trabajar. Sobre el escritorio yacía un cuento no terminado como una pila de papeles muerta, así como expiraba el plazo de mi contrato por una pieza de teatro. Durante días completos me quedaba echada en un diván y, con las manos tras la cabeza imaginaba el libro aún no publicado. Su tapa azul, mi propio nombre en letras blancas resaltando sobre el fondo…
Afuera, la naturaleza moldeaba la primavera, o la primavera moldeaba la naturaleza… en cualquier caso, cada día traía una novedad: o bien florecían los damascos emulando una tierna neblina, o bien aparecían bandadas de estorninos corriendo ágilmente por la yerba.
Era necesario distraerse, terminar de escribir el cuento, completar la pieza de teatro, salir a pasear y finalmente cambiar el sweater negro hogareño por algo más liviano; pero yo, durante todo el día me quedaba en el diván, con mi sweater puesto y callada, nerviosamente soportando el paso del tiempo. Estaba paralizada por la espera. Días enteros esperaba una llamada de la editorial. Hacia la tarde, sin poder aguantarme, llamaba yo misma. ¿Alguna noticia? No. Posiblemente, dentro de algunos días. ¿Algunos días?... ¡¿Algunos días?! ¡¿Y cómo sobrevivir estos días?! ¡¿Acabará esto alguna vez?! La existencia en espera se volvió terrible, insoportable…
Ahora sospecho que esos fueron los días más excitantes de mi vida…
Por fin llamaron, una tarde. Si, felicitaciones, llegó la copia de demostración. Mi editora hablaba con una voz calmada y amable, como si nada extraordinario hubiera pasado. No había en ella una emoción desbordada, y eso me hizo odiarla.
- Pero hoy, probablemente, usted no va a alcanzar a llegar. Queda media hora para el fin de la jornada. Venga mañana.
- ¡No, no, si voy a llegar! ¡Tomaré un taxi, un auto, un camión de carga, de basura, de agua! ¡¡En 20 minutos estoy en la editorial!!
Saltando fuera del departamento, con mi sweater negro puesto, arremetí a través del patio exterior del edificio, al encuentro de la realización de mi felicidad encuadernada en una tapa azul…
- ¿Tendría usted un minutito?
Junto a nosotros vivía una familia de gente oriental, pero no eran persas, ni osetas ni judíos bújaros. El padre, una personilla frágil con un bigote a la moda, trabajaba como repartidor de carne. A menudo se veía a la hora de almuerzo su furgón azul estacionado en el patio. Y la madre ya no existía. ¡Qué tragedia!, ella había muerto ya hacía tres años.
- ¿Tendría usted un minutito? – El padre se me acercó sonriendo tímidamente. – Si usted no está muy apurada.
- Si, por favor… - Yo sentí que se trataba de Satanás en persona, pero maquillé mi rostro con una expresión de falsa amabilidad.
En mi vida siempre me preocupé por la buena educación hogareña. Educación, yo diría, transmitida por la tradición oriental de consideración y respeto hacia todos – a los viejos, a los vecinos, a los conocidos, a los desconocidos y especialmente a los apenas conocidos, porque al conocerte estos insuficientemente, no vaya a ser que se formen una idea equivocada de ti… Con este padre de familia teníamos exactamente una relación de apenas conocidos; si nos encontrábamos en el patio, nos saludábamos con la cabeza.
- Sí, por favor…
- Somos desconocidos, pero nosotros sabemos sobre usted… - apresuradamente comenzó diciendo él, siempre sonriendo tímidamente. – En el edificio se habla bien de usted.
- ¿Si?... - consideradamente me mostré sorprendida, sin saber qué más decir ante esto. Los segundos se esfumaban, el libro yacía en la editorial sobre la mesa de mi editora. – Entonces… ¿qué sería?
- ¿Usted ya terminó el conservatorio? – alegremente continuó él.
Sentí la angustia dentro de mí.
- Bueno… de alguna manera… sí… - balbucee yo.
Finalmente había llegado el año en el que dejé mis obligaciones como concertista y pude dedicarme libremente a la literatura. Y esta sufrida, largamente esperada libertad aún me parecía una alegría prohibida, indecente, vergonzosa, fuera de lugar. Las responsabilidades de los tantos años ligada a la música flameaban tras mi espalda con una inmediatez amenazante, y aún no me atrevía a creer por fin que era libre, libre, libre… Esa gente que, habiendo soportado por largo tiempo una pesada carga y finalmente consigue arrojarla lejos de sí, de buena gana creería que le es fácil moverse, pero se quejan sus hombros, les duele la columna y su respiración es irregular.
Este pequeño y amable hombrecillo me hizo recordar aquellos largos años de trabajos forzados, el látigo que hasta hace demasiado poco tiempo chirriaba tras mis hombros. Y mis hombros se estremecieron.
El padre de familia bajó un enorme saco de papas, el cual se desparramó pesadamente sobre el asfalto.
- Vengo por mi hija… - continuó él juntando las manos, con visibles franjas rojizas marcadas por las cuerdas del saco. – Ella es tan capaz, tan inteligente, usted simplemente va a recibir un placer.
- Ah, - entendí yo, - ¿usted quiere que yo le enseñe música?
- Usted va a recibir un enorme placer – repitió él con voz implorante y, recordando repentinamente, añadió apurándose: - El precio lo fija usted misma.
- Lamentablemente ya no estoy ligada a la música. Entienda, para nada… - Puse una cara entre desolada y cortés, y separé levemente las manos. Después miré el reloj de reojo y me quejé en silencio. Sólo un demonio podría llevarme ahora a la editorial.
- Como es eso - ¿para nada? – Él me miró incrédulo – Pero, ¿del do-mi-sol algo se acuerda?
- Del do-mi-sol me acuerdo, asentí sombríamente, sintiendo que entraba en el terreno de las explicaciones absurdas en lugar de educadamente, pero con firmeza, terminar este asunto de inmediato.
- Usted nos gusta mucho, - dijo él y suspiró. – hablan bien sobre usted en el edificio. Usted va a recibir un placer de ella, es tan capaz, mi Karina.
- ¿Sabe usted?, - sugerí yo, - voy a llamar a mis compañeros músicos y conseguiré para su Karina un buen profesor.
- Nosotros sólo la queremos a usted, - triste, pero persistente contestó él. – Su difunta madre así lo soñaba…
Yo comprendí que estaba perdida. Este hombre débil, él mismo sin sospecharlo, me había golpeado nuevamente.
Yo tengo un severo principio: sé decir que no. Sé valorar mi propio tiempo, y defenderlo del ataque de personas innecesarias para mí. Pero esto se aplica sólo para gente en buena situación.
Así, me llama un compañero y me pide escribir la reseña de un espectáculo dirigido por su amigo director.
- Olvídate, viejo, - delicadamente, pero firme, respondo yo. – Tú sabes que yo tengo un principio rígido – no hacer lo que no sé. Primero, el teatro no es mi especialidad, segundo, no tengo tiempo y por último no me parece que se trate de una causa muy respetable.
Mi amigo, comprensivo, asintió al otro lado del teléfono:
- Sí, sí, por supuesto… tienes razón… pero tienes que entender que es un hombre desgraciado. Su mujer está hospitalizada, su hija tiene una mano quebrada y todavía el cerdo de su jefe le hace la vida imposible y terminará por sacarlo del teatro.
Yo todavía balbuceo algo sobre una traducción urgente, pero mi rígido principio – mi caballo de batalla – ya se tambalea ante la infelicidad de un director desconocido para mí, el lomo se debilita y apenas puedo mantenerme sobre la montura. ¿Dónde estás ahora, mi corcel? Él ya ofrece el cuello bajo las riendas y no parece corcel sino un jamelgo de carga, al que es necesario apurar a la fuerza. Esto lo siente mi amigo, y me empuja:
- Te doy mi palabra, es un espectáculo muy decente, ni siquiera te será necesario mentir. Escribe un par de buenas palabras, apoya a un hombre en desgracia. Te será retribuido.
Donde exactamente seré retribuida, ya no pido que se me precise. He sido arrojada de la montura, y sólo pido, con una voz moribunda, que se me informe cuando empieza el espectáculo.
Y así me amarro a ver una pieza nada interesante para mí acerca del espíritu pionero, y durante dos horas nefastas observo el escenario, donde la actriz más vieja de la tropa representa el papel de una venerada líder que guía su gente. Miro las piernas de la reconocida actriz – son las piernas de una mujer vieja, celulítica y melancólica… Durante los tres días siguientes me atormento por su absoluta falta de alma pionera, e intento forzarme algo sobre lo de la mujer hospitalizada y el jefe del director, pero la conciencia manda al diablo mi pusilanimidad, y me responde que yo, en lugar del cerdo ese, hace ya mucho tiempo hubiera reemplazado al amigo de mi compañero. Finalmente, de todos modos aliño vulgarmente dos páginas, y escribo sinsentidos sin ninguna vergüenza, diciendo, por ejemplo, que el de la vieja pionera fue un espectáculo exitoso. Obviamente firmo con un nombre falso, y principalmente me preocupo de no comprar el número de la revista donde fue publicado mi artículo. Pero la conciencia, o como se la quiera llamar, todavía se rasca su herida y se queja por el dolor.
- …Si, su difunta madre simplemente así lo soñaba – lúgubremente repitió el padre de familia, - que Karina aprendiera a tocar un instrumento… Y el precio lo fija usted misma.
¡Porqué ahora me habla de dinero! – Yo todavía intentaba mantenerme firme, pero esto
ya no tenía sentido. Hay una idea cuyo significado sagrado afecta la estabilidad de mi vida de manera paralizante. La niña era huérfana, y se volvía inútil cualquier posterior alegación – Yo ya sabía, que intentar salirme de esto no sólo era inútil sino que sería un asunto eternamente atormentador para mí – debía darle a la niña clases de música.
- Bueno, - sombríamente dije yo. – Veamos… ahora debo salir, pero después, conozcámonos con su hija…
Se le iluminó la cara de alegría, y habló rápido, entrecortado, y habló todavía otros cinco minutos. Yo educadamente asentía, y del odio hubiese pasado rápidamente al desmayo si tal causa para desmayarse existiese. Lo odiaba a él, a mi futura aprendiz, mi propia pusilanimidad. Pero más que nada odiaba mi formación musical, y este odio impotente me hizo carraspear e irritó mis ojos.
…Por la tarde estaba yo parada ante un hall estrecho, iluminado por una luz roja penetrante, y una niña de unos 12 años, de rostro nublado, buscaba para mí un par de pantuflas. Finalmente sacó unas zapatillas cuadriculadas de detrás de una puerta y las dejó frente a mí:
- No se quede descalza.
Desde otra habitación apareció, arrastrando los pies, un viejo de barba y mechones blancos, muy bien educado aunque a la vista demente, porque a la niña se le oscureció la cara y gritó enojada:
- ¿Qué haces aquí? ¡Ándate, ándate a la cama!
A este viejo yo lo había visto muchas veces. En la primavera, cuando comenzaba a ponerse caluroso, su nieto mayor corría trayendo al patio del edificio una vieja silla de rejilla, instalándola bajo los viñedos que delicadamente enverdecían. Después corría de vuelta a la casa y cuidadosamente conducía a su abuelo. Él pasaba horas en la silla – hermoso como un profeta bíblico, con un kipá sobre su pelo blanco – dormitando u observando la entrada al patio con una mirada nublada y desolada.
El viejo me miró e hizo una corta pregunta en un idioma desconocido. Era una lengua oriental, pero no uzbeco; no es que yo sepa uzbeco, pero sí reconozco su entonación.
La niña gritó:
- ¡No, no es la mamá! ¡Ándate, te digo!
Entonces noté una segunda niña que, callada, se apoyaba contra el marco de una puerta y me miraba con una sonrisa silenciosa. Su mirada, con ojos brillantes y transparentes, era profundamente amorosa. Ella acariciaba con la vista todo lo que había alrededor: a mí, a su hermana, a su abuelo demente, al marco de la puerta; ella todo, todo lo amaba con su mirada.
- Hola, - le dije. - ¿Así es que a ti te voy a enseñar música?
- No. A mí, - murmuró la mayor. – Usted siéntese, yo vuelvo enseguida, tengo unas hamburguesas asándose…
Desapareció. El viejo aún me miraba callado, preocupado y a la espera. Luego, preguntó algo de improviso a la niña menor. Ella movió la cabeza y, sonriéndome a la carrera, dijo:
- No, esta no es la mamá. Ándate a dormir, abuelo… - se acercó al viejo y lo condujo a un rincón del departamento, conversándole con suavidad en su lengua oriental.
En la habitación principal había un viejo diván, un armario, algunas sillas de rejilla y un negro y destartalado piano “Octubre”, presumiblemente comprado a través de un anuncio… Ese tipo de anuncios que, rodeados de escamillas de papel con números telefónicos, cubrían la muralla de nuestra tienda de provisiones.
Sobre la cubierta del piano descansaba una gata cenicienta muy peluda, de ojos salvajes y tenebrosos. La saqué de ahí, subí la cubierta y probé la estructura. Lo habían armado hace no mucho – el instrumento sonaba algo sordo, pero limpio.
Me senté en el taburete y en el pulido instrumento apareció inmediatamente mi reflejo – sombrío, estupefacto por el salto entre la niñez y la juventud. No nos habíamos visto en un año, un año largo y feliz en el cual ni una sola vez me había acercado a un piano, y así, de nuevo nos encontrábamos.
Mi negro amigo, mi alter ego de pestañas oscuras, tenue rayo de luz en la mejilla, mi dúctil, penoso sueño, mi inconsciente… bueno, hola…
Armé un acorde menor con mis desacostumbrados dedos y presioné el pedal. Un tono triste vibró húmedamente en el aire. Entonces toqué algo que recordaba y siempre había amado – la “Fantasía-impronto” de Chopin, con sus nudos perleados de melodías delicadas y seductoras, nudos alrededor del corazón y más arriba, alrededor del cuello y llevándome finalmente al borde del sollozo.
Toqué algunas veces y me detuve: mis dedos, que hace un año no se habían adaptado al teclado, se sentían artificiales. Así es este maldito artefacto malagradecido. Nada de sí entrega, si diariamente no dejamos ante sus hambrientas mandíbulas muchas horas de trabajo forzado.
Junto a mí sentí un silencioso suspiro. La niña pequeña, apretando la espalda contra el empapelado, me sonreía suavemente. Después yo noté que ella era estrecha no sólo a sus familiares – abuelo, hermana, sino también a los objetos, como si su pequeño ser, lleno de amor hacia todo lo existente, deseara envolver y arrimarse a todo lo que caía dentro de su mirada.
- ¿Porqué sonríes? – le pregunté.
La música… - dijo ella en un susurro, señalando el piano con la cabeza. – Es linda, cómo se esparce…
Desde la cocina, desamarrándose el delantal al caminar, salió la mayor. Me levanté del taburete circular y lo golpee con las palmas:
- Siéntate, - y yo misma me cambié a la silla de rejilla.
Karina, humilde, se sentó en el taburete, se inclinó, extendió las manos por hasta la altura de las rodillas y atentamente observó su reflejo en el piano. Esta niña me recordaba horriblemente a alguien. Era un recuerdo tan enfermizo, que no quería hurgar en la memoria.
- Levántate, - dije yo. – Eres alta, apretemos un poco el banco.
Lo apretamos… Ella de nuevo humildemente extendió las manos a la altura de las rodillas y miró su propio reflejo – como un viejo pastor que observa una estepa reseca ante él con adusta mirada.
Yo sentí entonces que era el momento de decir algo animado, humano, porque ella precisamente algo humano no esperaba de parte mía. Probablemente piensa que voy a llenar el espacio con conversación como que el instrumento ante el cual ella está sentada se llama pianoforte… No, querida, demasiado bien recuerdo mi primera clase de música…
Nos callamos por un instante, tras el cual yo tosí y dije:
- Bueno, tú, ¿por supuesto que sabes, que el instrumento ante el cual estás sentada, de llama pianoforte?
- Ya lo sé, - dijo ella. – Ya he estudiado antes, con otra tía.
Maravilloso. Esto significa que yo soy la segunda tía con la que ella debe estudiar. Me enojé.
- Y, básicamente, ¿por qué razón quieres aprender música? – pregunté yo, ya decidida, de que ésta primera visita sería también la última.
- Mi papá quiere… - dijo ella con calma, encogiendo ligeramente los hombros.
- Y entonces entendí a quién me recordaba tan penosamente esta niña. Era yo quien estaba ahí sentada, esa cara era mía – lúgubre aunque educada, y esos dedos también eran míos, con las uñas carcomidas, y en su espíritu había ahora, al igual que en el mío alguna vez, una casi serena maldición. Hay que hacerlo… Mi papá quiere… Yo lo conocía todo: esa humildad – no una humildad fundamentada en el temor, sino en la delicadeza infantil – y esa profunda entrega hacia lo que vayan a hacer con ella más adelante.
En su sien oscura latía, temblorosa, una vena oscura.
- Bueno, - dije yo, levantándome. – Quédate tranquila. Yo hablaré con tu padre para que deje de martirizarte… Vendan este piano, ganarán mucho espacio en la casa.
- ¡No! – Gritó ella casi con miedo, tomándome del codo. - ¡No, por favor, no es necesario!, ¡discúlpeme!, ¡yo lo haré!, ¡yo lo haré!
En este rato se abrió de golpe la puerta en el hall, y en apareció en nuestra habitación el padre de familia. Probablemente había estado toda la tarde trabajando en el garaje (ellos tenían un viejo y redondo “Zaporozhetz”) , y ahora estaba parado con sus pantalones llenos de aceite y su camisa sucia, limpiándose las manos con sus harapos. Al verme se iluminó, y tal como hace poco en el patio, murmuró titubeante:
Ah, es usted, buenas tardes, bueno, mi familia… ¿Ya se conocieron? ¿Verdad que ella es muy capaz?
- Sí, mucho, - dije yo, mirando de reojo a Karina, quien aún no soltaba mi hombro.
- Bueno, el precio lo fija usted. Ella es tan capaz, usted va a tener una gran satisfacción…
Al mismo tiempo se las arregló para decirle algo, a la carrera, a su hija menor, y le mostró sus dedos extendidos.
- ¡Karina, a tomar té! – gritó alegremente, entrando al baño.
Tras él, movediza y arrastrando los pies, corrió la menor, pero de repente se dio la vuelta, como recordando algo súbitamente: ella podía ver a su papá lavándose las manos todas las tardes, pero no todas las tardes aparecía en la casa una nueva tía.
Desde la habitación adyacente nuevamente apareció el viejo, ansioso. Mi mirada se encontró con sus ojos velados.
- Tu abuelo me toma por alguien, - le dije a Karina. – Yo lo inquieto.
- Cree que todas las mujeres son mi mamá, - respondió ella, - no lo tomes en cuenta, - y con irritación le gritó algo a su abuelo. El viejo, obediente, se dio la vuelta y marcando el tiempo con sus pasos, desapareció. Recuerdo, que en ese momento resplandeció en mi cabeza un extraño pensamiento sobre el inicio de su vida y el fin de la mía, sobre esta larga distancia, dos caminos tan diferentes, y sobre como todo en esta vida termina cruzándose de una u otra forma.
Así comenzaron mis lecciones con Karina. Las hermanas, muy parecidas entre sí, se diferenciaban una de otra por la expresión de sus caras. En la mayor se veía independencia y decisión, y en la pequeña, amabilidad y confianza. Cuando yo trabajaba con Karina, quien, mirando hurañamente las notas tocaba el piano, su hermana menor se paraba a su lado, apoyada contra el lado lustroso del instrumento y, con delicadeza y seriedad, miraba las teclas, a mí, a su hermana. Cuando notaba una rápida mirada mía sobre ella, sonreía avergonzada. Ella adoraba estos sonidos arrastrados, el teclado blanquinegro, los ejercicios más concretos.
Y el abuelo se acostumbró a mí. A menudo, durante las clases, se arrastraba a la sala y, gruñendo y hablando consigo mismo, se recostaba ordenadamente de lado en el diván, apoyando la oscura palma de su mano bajo la mejilla. Así podía yacer, imperceptible, durante un largo rato para sólo de vez en cuando susurrar pesadamente largas palabras orientales con una entonación similar al habla bíblica, como apañándolas en la cresta de un suspiro. Permanecía aletargado, y entonces su barnizada frente amarillenta con venas petrificadas sobresalientes se arrugaba y parecía transformarse en hueso. La música no lo inquietaba. Pienso que no la escuchaba. Había llegado a aquella frontera en la vida en la cual los sonidos y los pensamientos se refugian en un rincón de uno mismo. El viejo hace tiempo que era un extraño. Se atormentaba por su hija muerta, buscándola en todas partes con ojos marchitos, divagaba, movía las manos y conversaba con ella dolorosamente. Cuando el viejo se iba al baño, Karina saltaba y corría tras él – “a supervisar, que pueda con sus pantalones”. Y podía oírse como ella, en voz baja y enojada, le daba órdenes al abuelo. Yo me quedaba sentada en la silla de rejilla y pacientemente esperaba el regreso de mi pequeña anfitriona, mientras la niña menor me sonreía alegre y confiada.
…En los primeros días intenté que Karina me explicara el porqué de esa tarde en que tan desesperadamente se aferró a mi hombro, porqué había consentido a estudiar piano a pesar de que le pesaba tanto. Al principio ella callaba, después decía cabizbaja:
- Bueno, esto es necesario, es útil…
-¿Qué es útil? – preguntaba yo. Ella encogía los hombros y respondía:
- Bueno… por sobre todo… desarrollar…
- ¿Desarrollar qué? – meticulosamente yo volvía a preguntar.
Ya no esperaba poder abrirme un camino hacia ella… Yo la observaba e intentaba entender porqué a mi misma no me gusta recordar mi propia, dichosa niñez. Karina, removiéndose las largas pestañas que caían sobre su nariz, clavaba sus uñas en el teclado amarillento. Yo todo lo comprendía así: ella amaba a su padre y no se decidía a entristecerlo. El padre vivía en la orgullosa convicción de que tenía que darle a sus hijos todo lo necesario, incluso enseñarle música a Karina, aunque esto le cueste 25 rublos al mes – un sacrificio no menor. La hija vivía en la orgullosa convicción de que había que hacer todo lo que su padre quisiese, aunque eso signifique superar día a día la dureza de los estudios. Un sacrificio no menor. Dos sacrificios considerables - ¿en el nombre de qué? ¡En el nombre del amor, por Dios! Frunciendo el ceño concentradamente, ella observaba las notas con integridad, y si se equivocaba, lo repetía todo compulsivamente desde el comienzo del ejercicio. Ya que las clases eran pagadas, había que trabajar un aprendizaje honrado. Bendita honradez infantil… Honradez de sentimientos… “Desarrollar”… Pero qué, por favor… Desarrollar… Estudiábamos dos veces por semana – miércoles y sábados. El sábado, después de la hora de almuerzo, toda la familia dormía: el padre con las hijas en una ancha cama de dos plazas, el hijo en una pieza aledaña, “la de los niños”, y el abuelo en el viejo y angosto diván del comedor. Yo llegaba y la inerte, adormecida Karina se demoraba en abrirme la puerta. Nos sentábamos tras el piano; yo, irritada y aburrida, ella, irritada y humilde. Las notas en el atril - la Polka de Glinka – se tornaban blaquecinas, y eran la cima de nuestro enervado triángulo. Despertados por el persistente sonido, se levantaban el padre, el muchacho y la niña menor. Ella salía de la cama como si aún durmiese, desencajada, templada con sus sueños y siempre sonriendo con ojos cálidos. Cuando estudiábamos, el padre alimentaba a la familia en la terraza. El pálido, poco desarrollado niño nunca quería comer, y desde más allá de la puerta se nos anunciaba un irritado diálogo: ¡Ahora, toma un pedazo! - ¡No quiero! - ¡Pruébalo, después habla! - ¡No quiero! - ¡Escucha, ahora come, te lo ordeno! - ¡No quiero yo! - ¿¡Qué te estoy diciendo?!
Así trabajábamos… Ahora, cuando escribo esto, me es difícil explicarme porqué continué yendo a las clases, las cuales me atormentaban cada vez más. ¿Qué me impidió a mí, una persona adulta e independiente, despedirme con educación y firmeza de esta familia para enfocar mi tiempo en algún otro asunto? Ahora me es difícil recordar; ahora, como perro policial voy tas la huella de un pensamiento casi olvidado, de un sentimiento casi apagado. Y, como perro, me quedo, chocando contra el apenas distinguible, desvanecido olor de lo que se ha ido.
Sí, entonces me parecía, extrañamente, que nuestras clases con Karina eran uno de los eslabones de la vida de esta familia, de su amor mutuo, y si se llegaba a caer este eslabón algo no funcionaría en sus vidas.
Una tarde, en tiempo de clases, mientras el viejo dormitaba sobre el diván a nuestras espaldas, sonó un largo timbre en la puerta. El chico, que hasta entonces reparaba una bicicleta en la terraza, corrió a abrir. De inmediato, una voz fuerte y malhumorada empezó a recriminarle algo al muchacho, mezclando palabras rusas y turcas. Al escuchar esta voz, Karina frunció el ceño, bajó la cabeza y comenzó a machacar con fuerza la Polka de Glinka.
A la pieza entró una mujer gitana de vestido colorido, con grandes anillos en las orejas y dientes de oro. Apenas la miré, pensé: si te presentas de esta manera dirán que eres vulgar, demasiado ruda.
Algo pasaba con su labio superior que no cerraba con el de abajo, por lo que la grotesca herradura dorada de su boca resplandecía sin apagarse.
- Hola… - murmuró Karina sin volverse, y continuó golpeando la polka con inusual obstinación.
La colorida mujer le preguntó algo al chico, rencillosa, con una entonación chillona. Él, confundido, encogió los hombros y le respondió…
- Escucha, ven un poco, - irritadamente le ordenó la mujer a Karina.
Ella, mirando las notas, enojada, llevó las manos al teclado y dijo provocadora:
- Estamos estudiando música.
- ¡Espléndido! – exclamó la mujer con irritación. - ¿Tu papá cuando llega?
- ¡No sé! – contestó Karina y siguió tocando.
Yo observaba callada esta escena, de la cual me maravillaba más que nada mi propia ausencia, o mejor dicho, mi presencia rígida, como un mueble, sentada en mi silla de rejilla.
La mujer colorida se acercó al diván donde estaba el abuelo, y pronto a nuestras espaldas comenzaron a escucharse sollozos, quejidos y sorbidos. Ella lloraba junto al abuelo quien, delicadamente, como en un cuadro bíblico, yacía recostado en silencio y contemplaba el llanto con su usual mirada, gentil y extraña. Finalmente, la mujer se mostró firme, como intentando ponerle punto final a la situación. Eficientemente acomodó un cojín bajo la cabeza del viejo y salió de la pieza.
- Bueno, ¡hasta luego, escorias! – gritó ella desde el hall, y la puerta se cerró de un portazo.
Karina sacó las manos del teclado,
- ¡Hasta luego, marrana! – dijo ella, mirando nerviosamente las notas y mordiéndose las uñas.
Entonces yo no pude seguir aguantando mi propia ausencia.
- ¿Quién es esta señora? - Pregunté yo. – No te muerdas los dedos.
- La hermana de mi mamá, - simplemente respondió ella, pensativa y aún con las uñas en la boca.
El hermano, trayendo en sus manos una cadena de bicicleta, echó una mirada por la ventana hacia la terraza y le explicó a su hermana:
- Dice que si el papá le da 200 rublos, se puede llevar al abuelo con ella por un mes, para que nosotros descansemos.
- Para que ella de todas maneras descanse, - dijo Karina con una siniestra calma, en un tono adulto.
- ¿Tu papá no entrega al abuelo? – pregunté yo.
- Primero, no va a entregar al abuelo, segundo, no va a pagar nada… - respondió ella.
El abuelo se sentó en el diván, dijo algo en medio de un pesado suspiro, olió su bata uzbeca bordada y se quedó como petrificado.
- Bueno, ándate al principio – le dije a Karina. – Y no golpees así. Y presiona el pedal…
…Después de media hora volvió el padre del trabajo, y Karina le dijo con calma, sin volverse:
- Vino la tía Zina.
Él dejó de desamarrarse los zapatos.
- ¿Y? – preguntó.
- Nada, - respondió la hija. – Vino, se sentó con el abuelo, después lloró, después se fue.
El padre, parado aún con un zapato, escudriñó la habitación atentamente. Todo estaba en su lugar – el abuelo en el diván, yo con Karina tras el piano, el niño junto a la bicicleta. La niña menor, a esta hora usualmente paseaba por el patio.
- ¿Eso es todo? – tranquilizado, pero aún en guardia preguntó el padre
- Todo, - con actitud confirmó la hija.
- ¿No dijo nada más?
- No
El niño, en la terraza, levantó su pequeña cabeza, callado, con calma intercambiaba miradas con su hermana, y volvió nuevamente a ocuparse de su bicicleta…
…En nuestras clases, más que nada me atormentaba el sinsentido. El asunto no era incluso que Karina careciera de capacidad musical. (Yo estaba por lo general persuadida, de que la habilidad de la gente para leer notas, e incluso la posesión de instrumentos musicales, e incluso un profundo conocimiento sobre la música, sus obras maestras, su historia, no hacían a esta gente ni más profunda ni más inteligente, ni mejor. Depende de qué entender por profundidad, calidad e inteligencia.) El asunto era que, bajo mi punto de vista, para Karina no eran necesarias estas clases de música… Ellas ponían aún más carga sobre sus responsabilidades, las cuales día a día empujaban a esta seria y pequeña niña de ojos nublados. Ella preparaba el almuerzo, lavaba, fregaba, cuidaba al abuelo y… tomaba clases de música. Y aún así, aparte de todo esto, estudiaba en el sexto grado y era la encargaba del “sector cultural”.
Una tarde, al llegar a la clase, vi sobre la mesa un pedazo recortado de cartón. Sobre él, hincada sobre sus rodillas en la silla de rejilla, Karina pintaba cuidadosamente con acuarela azul una flecha quebrada, escalonada, junto a la cual estaba impreso el título “Relámpago”.
- Estoy en el sector cultural, - me explicó ella seriamente
- ¿Y eso qué significa? – pregunté yo, fingiendo inocencia. Aunque yo misma a su tiempo debí superar la barrera de las labores escolares, estaba interesada en saber cómo las percibía ella.
- Bueno, armar el diario mural, recolectar plata para flores, llevar algún escritor… anotar a los atrasados.
- ¿Y cómo los anotas? – pregunté con curiosidad
- Aquí – movió la cara hacia la hoja de cartón. – En el “Relámpago”
- ¿Y no se enojan?
- No… Este es un trabajo público.
En el otoño me llamaron para invitarme al aniversario de mi escuela de música. Yo tenía cuentas pendientes con esta escuela, en la cual durante varios años de adolescencia y juventud forzaron la música dentro de mí, tras esposar mis manos.
Todavía me maravilla esa jugada del destino gracias a la cual de manera completamente casual, fui aceptada en su octavo grado.
En agosto, antes del inicio del año académico, mi mamá llevó a una audición a mi hermana menor, Verochka, quien estudiaba en tercer grado, tocaba violín y tenía mucho talento.
En mi casa estaban agitadísimos preparándose para la prueba, y se comentaba que entrar a esta escuela de música para niños excepcionales no era menos costoso que tomar un profesor particular. Esta audición fue concertada por mi madre a través de la mujer de un primo suyo, quien a su vez era amiga de la esposa de un profesor de la escuela.
Verochka pasó con brillantez la prueba, y ahí un profesor notó que su hermana mayor también tenía un aire “musical”, y le propuso a mi mamá mostrarme al departamento de piano.
Ante el calor de la excitación, amarrando a la carrera mi pelo en una trenza decente, mi mamá me arrastró al cuarto piso donde se encontraba dicho departamento, y me presentaron a una mujer fría y majestuosa, con un perfil chopinesco. Me ordenaron tocar. Toqué la sexta sonata de Beethoven, con la cual había aprobado satisfactoriamente el examen de mi cómoda escuela regional en la primavera y, a la vista, ante terror que sentía no toqué mal. La dama de perfil chopinesco confirmó que yo era una “niña musical”, y mi suerte, mi infeliz suerte, ya estaba decidida.
Caída en octavo curso de esta escuela de elite, me intimidé fuertemente. En todas partes había salas de música especialmente dispuestas, con puertas dobles y aislamiento acústico, un parquet amarillo encerado a través del cual aprendices serios arrastraban sus pantuflas, lecciones individuales… los niños también eran especiales, incluso sus apellidos eran inusuales. El brillante Krandzhevo-Dzhevskiy caminaba por el parquet remando con sus pies, arrastrando tras de sí sus talentosas manos, suspendidas en el aire. En algún lugar, en las nubladas alturas del undécimo curso brillaba el violinista Vrangel – maravillosamente deforme, con una nariz sobresaliente, inhumana. A él le profetizaban un exitosísimo futuro en la música. Y las niñas… las niñas de esta escuela, futuras integrantes del conservatorio, con sus cuellos arrogantes, conversaciones serias, diligentes seños fruncidos… Y yo, una criatura común, una niña saludable, caí dentro de todo este esplendor como pollo en un desplumadero.
Me reprimía todo este talento alrededor, y así era necesario volverse a mi fatal sello, la “musicalidad”, bajo cuyo símbolo yo sobreviví a los años de escuela y conservatorio. Esta generalmente elogiosa, vaga definición de mis capacidades colgaba como un pesado crucifijo sobre mi orgullo. Muchos de mis compañeros eran simplemente talentosos, muchos venían bajo el signo del virtuosismo. Yo invariablemente me quedé como la “niña musical”. Esta maldita “musicalidad” corría tras de mí de examen en examen. Siempre era lo mismo: el director de la comisión acreditaba una lista de comentarios de esta manera – sí, la técnica es pobre, sí, es necesario entrenar la memoria, pero – sí, es indiscutible que hay “musicalidad”. Cuatro con menos. Yo estaba colgada del gancho de la “musicalidad”, y me retorcía en él como una chaqueta hollada. Era una mujer del pueblo en un baile de gala.
De todos modos no me contengo y digo aún más sobre esto: cuando en mi presencia, riéndose hablan sobre baja autoestima, apenas me contengo para no gritar: ¡Qué saben sobre baja autoestima! ¡Cómo se atreven a reírse de esta pesada e incurable enfermedad!
Un orgullo enfermo… un saludable sentimiento personal minado, por principio, en la niñez y juventud. En la niñez era obligatorio saber hacer algo mejor que todos – saltar más alto, escupir más lejos, resolver problemas más rápido, tener la mejor letra de la clase o los cuadernos más exactos. ¡Poco importa! El mundo en la niñez es tan enorme, y cuantos méritos alumbra en cada una de sus manifestaciones… más tarde, mucho más tarde, segregamos tres o cuatro cualidades personales y les rendimos tributo.
Así es como tal infelicidad se fermentó en mí durante la niñez: inesperadamente caí en un círculo dentro del cual el mundo se constreñía alrededor de teclados, instrumentos de cuello, habilidades necesarias, precisiones estrictas, y a mí en este círculo me dejaron con el que, si bien no es uno de los más pobres y dudosos entre los talentos, siendo comprendido puede ser poseído por apenas cualquier niño ordinario… Recuerdo, que en ese tiempo (¿8vo, 9no grado?) escribí un cuento con una protagonista de gran fortaleza, Sashka Kotlova, personaje que vivía dentro de mí; pero… ¿Quién de mis compañeros podría creerme esto, si yo en las clases de harmonía debía luchar hasta el desmayo por conseguir un tres, y de cada examen salía como de una tortura – con las manos temblando y las pupilas dilatadas por el pavor?
Los años de escuela, la adolescencia musical, los rayos de sol sobre el parquet amarillo… Una melancolía infantil, ceremonial, mística, oxigenada hasta el resplandor.
Pero ya es suficiente de esto; ¿acaso no voy a escribir, temprano o tarde, una historia sobre mi relación con la música? Pero ahora tengo otro cuento que contar.
Así es que me invitaron al trigésimo aniversario de mi escuela. Antes del comienzo de la ceremonia, yo aún debía estudiar con Karina. Estaba al límite del tiempo, por lo que llegué donde ella un poco más temprano que lo usual.
Me abrió la puerta transpirando, con un turbante atado a la nuca y las mangas mojadas hasta el codo.
- Uy, - murmuró ella confundida, mirando mi ropa, - todavía no estoy lista… - y recordó: - ¡Vuelvo en un rato! Sólo tengo que lavar.
Entró al baño y a través de la puerta entreabierta vi la inclinación sobre su delgada espalda, y el agudo, energético movimiento de sus codos. Fregaba algo con fuerza.
Yo me saqué el abrigo, me arremangué las mangas de la blusa y en silencio saqué a Karina del baño.
- ¡Qué hace! – dijo ella en medio de su confusión. – ¡Está tan… tan… elegante!
Estrujé el agua de la frazada y, sin enderezarme, miré a Karina por arriba del codo.
- A cambiarse de ropa – dije yo. – Algún vestido lindo. Vamos a ir a un concierto.
- Este pensamiento me había sobrevenido en ese mismo instante, al mirar por sobre su codo su cara fantasmal. Llévatela. Aunque sea por una tarde, desensíllala de su pesada carreta.
- ¿A qué concierto? – preguntó ella atemorizada. – ¿Y mi padre? Mi padre va a llegar del trabajo, y tengo que darle de comer.
- Puede comer él mismo, - le dije con calma. – Le vamos a dejar una nota. Anda a cambiarte, mientras yo sigo fregando. No hay mucho tiempo…
Y ella, sin responder, creyendo al instante que yo había venido especialmente por ella, se fue a su habitación.
Mientras lavaba las frazadas, escuchaba: en un tono de mando Karina le daba instrucciones al muchacho, le gritaba al abuelo, daba amenazantemente órdenes a su hermana. Y finalmente, apareció en la puerta del baño – en un vestido azul, con un gran collar blanco. No podía contenerse de impaciencia.
- Precioso, - dije yo. – Trae una cinta azul, amarrémosle una cola.
- ¡Larisa, una cinta! – le gritó agudamente a su hermana. - ¡Azul!
Ella gritó desde algún rincón del departamento:
- ¡No hay azul! ¡hay amarilla!
- ¡No hay azul! – repitió Karina con voz lúgubre. - ¡Sólo amarilla! – Me miró suplicante, como temiendo que ahora me arrepienta de llevarla conmigo.
Ponte la amarilla…
Amarré en su cabeza su fino y espléndido pelo castaño, le até una cinta para removerla de inmediato, apreciando:
- Maravilloso, mademoiselle… ¿Tú qué idioma estudias?
- Alemán, - dijo ella, radiante.
- En ese caso – maravilloso, freulein…
Esta era la primera vez que veía a esta niña contenta. Ahora se parecía asombrosamente a su hermana menor, quien rondaba cerca de nosotros y de vez en cuando se aproximaba ya sea a su hermana, ya sea a mí.
En la nota escribí: “¡Estimado! Llevé a Karina a un concierto de música clásica. Esto es necesario para su desarrollo”. Luego releí la nota, y después de la palabra “desarrollo” dibujé una flecha sobre la cual agregué “estético”.
El tranvía llegó al paradero, nos bajamos y yo entonces vi mi propia escuela. Ella se levantaba ante la calle, de madera. Como antes, aquí en el paradero se arremolinaban confusos estímulos.
- Diez años…
- ¿Qué? – preguntó Karina
- Digo, que hace diez años que no venía a mi escuela, - dije yo. – Bueno, vamos…
La fiesta comenzó de manera muy ceremonial, y en el enorme salón principal, abriéndome paso entre los abrazos, estrechadas de mano, saludos, sonrisas, promesas de encuentro, topándome con los omnipresentes cestos de flores, me mantuve con firmeza al lado de Karina.
En la sala nos sentamos en mi lugar favorito – en el anfiteatro, junto al borde, donde altas barandillas pulidas por las manos de tantos niños nos separaban de la entrada a la sala. Karina se daba vueltas en su silla, se movía, se sorprendía de todo y ruidosamente disparaba preguntas:
- ¿Y esa vieja canosa en el palco, quien es? ¿Y esa mujer desmechada?
Vi a la jefa del departamento de piano. La reconocí, movía la cabeza igual que antes, con su perfil chopinesco. Me paré y fui a su encuentro
- Estoy contenta, muy contenta de que hayas venido, - dijo ella con ahogo. – Hace tanto que no te veía… Dicen que tú escribes… ¿Publicas? …¿Dejaste por completo la música? Una pena, eras una niña con un gran sentido musical.
Volví a mi lugar y le dije a Karina:
- Resiste. Ahora viene la ceremonia formal, van a dar el discurso y después viene el concierto de los estudiantes.
Y entonces entró a la sala mi compañero y amigo Sergei, con quien más de una vez nos arrancáramos de clases. Sergei había engordado algo, y había adquirido una sólida contextura. No lo veía hace 7 años, pero había oído que era un exitoso profesor de la escuela.
- ¡Sergei! – le grité yo. - ¡Sergei Fedorovich!
Él se dio vuelta, me miró con unos ojos alegres y sorprendidos y alzó ambas manos. Le mostré un lugar libre junto a nosotras, y el comenzó a abrirse paso hacia él. Nos saludamos de beso. Sergei se bajó al asiento y dijo admirado:
- ¡Canalla! ¿Dónde te habías escondido?
Pero entonces en la mesa principal comenzó a anunciarse a la gente del ministerio de cultura, los representantes del conservatorio, nuestros profesores, y en la sala se escuchó un fuerte aplauso… Nosotros con Sergei también aplaudimos, y Karina incluso se levantó de su asiento, intentando observarlo todo.
- Te ves bien, - me susurró Sergei.
- Tu también, maestro, - respondí yo, entendiendo que objetivamente Sergei se veía saludable, respetable. Yo me incliné hacia él; en vez del fino cuello de aquel niño de noveno grado lo que vi fue un cogote fornido, grasiento y redondo. Suspirando, transporté mi mirada al escenario.
- Hoy toca uno de mis chicos, - dijo Sergei. – Es un muchacho muy empeñoso. Pero aún materia cruda. Se cae en las tercias.
En el entreacto antes del concierto, el maestro se fue a los camarines a darle las últimas instrucciones al muchacho, y yo con Karina partimos a mirar la escuela. Caminamos por los distintos pisos y examinamos los retratos de compositores. Karina con curiosidad, yo – con tristeza. Yo, en general, estaba muy triste ese día.
Es poco lo que había cambiado. Como antes, en cada repliegue, en los finales ciegos de los pasillos, en la sala de deportes, en el comedor yacían bajo cubierta pianos de cola. En el parquet amarillo, oxidado, se reflejaban sus soportes oscuros.
Los retratos de compositores colgaban en todas partes. El floreado Bize, con sus cachetes redondos, miraba de buen humor a través de anteojos la pared opuesta, donde colgaba un panel de iluminación metálico. Yo me sonreí recordando una lejana anécdota de décimo grado: Sergei, un delgado y desordenado aunque excepcional estudiante, estando al cuidado de la recolección de fondos de la clase dijo indignado:
- ¡Camaradas! Es hora de poner en orden los pasillos. ¡A colgar retratos de compositores! ¡Hace Ya diez años que al frente de la sala cuelgan trozos de fierro con esa estúpida inscripción “SO”!
- Bueno, es hora de ir a la sala, - le dije a Karina. – No vayan a empezar sin nosotras.
…Sergei volvió a su puesto cuando el concierto ya había empezado. En el escenario, un niño pequeño en delantal blanco hacía correr frenéticamente sus dedos por el teclado, bajo la enternecida mirada de quienes estaban sentados en la sala. Sergei estaba ansioso.
- Mi sexto alumno toca, - dijo él. - El pasaje de todas maneras no le va a salir…
Finalmente anunciaron a su chico. Era un apellido ordinario, no recuerdo bien… podría ser Orlov, o Petrov, o Kuznetzov… Un niño tenebroso, desvaído, de hombros gruesos. Sus pantalones colgaban y la camisa se abultaba sobre su espalda… era un chico algo desgarbado.
- ¿De qué grado? – le pregunté a Sergei.
- Octavo, descarnando sus dedos y chasqueándolos nerviosamente respondió él. Con el cuello extendido, miraba al muchacho atentamente.
- ¡No tan tieso! – filtró silenciosamente entre sus dientes, y el niño, como si escuchando a Sergei Fedorovich, se volvió hacia la acompañante, la pequeña y canosa María Filippovna, quien incluso a Sergei a su tiempo ya había acompañado; ella dio un “la” para la afinación, el chico tensó las cuerdas y, tomando un pañuelo, lo colocó entre la mejilla y el mentón, donde el violín hace contacto con el cuello… Silencio – los segundos antes de la música, congelados y punzantes y, finalmente, el fortepiano la introduce enérgicamente.
Apenas entró el violín, yo sentí esta melancolía presente, levemente celosa, que experimento siempre que la música penetra mi alma sin avisar, sintiéndose con derecho a hacerlo, como si fuese un amante reciente con llaves de tu casa y posibilidad de entrar cuando se le antoje.
Al principio el violín simplemente probaba su voz, inocente y frágil. Se preguntaba y respondía a sí mismo, y era verdadero y abierto hasta el fin, como una niña radiante. Era una voz coqueta, pero una coquetería graciosa, casi infantil. Entonces se arrancó con su voz completa, tronó arrastradamente el contralto, pero pronto comenzó a trepar en la punta de sus pies, quedándose, seduciendo y, preocupantemente, con sus fríos, entrecortados pasitos cortos se volvió evidente que éste era un juego arriesgado. Luego vino una terrible pausa y, de repente, el violín vociferó, vociferó aullando y en el mismo ronco tono agónico lo alcanzó el piano por un pasaje efervescente, rodaron por los bajíos, y un rumor se estampó revolviendo una desventura extraña. Cuando sonó el pianoforte, el muchacho sacó de su bolsillo una pequeña prensa y la instaló en las cuerdas, y cuando el violín se volvió a unir ya parecía intrigante, y su voz era insinuadora y alevosa, y mentía, y mentía – ¡oh, sí que era un juego peligroso!
Yo bajé la cabeza y la incliné hacia un lado para que Sergei no viera mi cara. Pero él sólo tenía ojos para su fornido alumno, sus manos huesudas sosteniendo el arco. Incluso al indeleble Sergei se le habían fosilizado las venas en el pómulo. Una gota de sudor le corría por la sien.
…Finalmente terminó… La agonía terminó. Se cubrió un nudo sobre el último acorde dando estertores, en la sala esperaron durante una pausa fúnebre y luego aplaudieron con fuerza. Sergei se lanzó fuera de su silla, sacó un pañuelo y lo pasó por su cara, relajándose.
En la sala aplaudieron ruidosamente, después de todo estábamos entre los nuestros, y todos entendían perfectamente lo que sucedía.
Me incliné hacia Sergei y dije.
- Te felicito. Un chico maravilloso.
- ¡De todas maneras se cayó en un pasaje, en una tercia! – exclamó Sergei con una voz alegre. - ¡Le va a llegar!
- Olvídate de la tercia! – le objeté yo. Este chico sabe conmover el espíritu, y eso algo significa.
- Tus juicios sobre la música siempre han sido poco profesionales – respondió Sergei abruptamente.
Karina no aplaudió. Se quedó sentada – derecha, seria, desarrugando frenéticamente los pliegues de su vestido. Le tomé su palma sudada y le di un golpecillo en la mano.
¿Te gustó? – pregunté.
Ella, callada, asintió con la cabeza. Retiró sus manos y estiró los músculos, tensa: en el escenario el director anunciaba la presentación del siguiente alumno.
…Después del concierto, Sergei nos acompañó al paradero del tranvía. Estaba alegre por el éxito de su alumno, y hablaba sin parar.
- ¡Tenemos que encontrarnos! – dijo él. – ¡No nos perdamos! ¡Hay que celebrar los 10 años de nuestra partida!
Pasó un tranvía viejo, vacío por lo tarde que era. Abrió sus puertas, y con Karina subimos al área de tickets de temporada. Sergei se quedó parado, acodándose en el torniquete y mirándome. Tenía puesto un traje colorido muy a la moda, y un sombrero de alas caídas. “Un hombre interesante…” – pensé yo.
- ¡Llámame! ¡Tenemos que encontrarnos! ¡Hay que mantenernos juntos! – gritó él una vez más.
En el pasillo del tranvía le dije:
- Aparte, hay que sacar finalmente esos fierros con la estúpida inscripción “SO” de los muros.
Sergei relinchó de risa como un trasto de dieciséis años. El tranvía se encendió, la puerta me golpeó inofensivamente en la mano y la coloreada capucha se desvaneció en la neblina…
Karina se sentó al medio del vagón vació, volviendo la cara hacia la ventana. Agarrándome a la manija me dejé caer a su lado y la abracé tras los hombros. De pronto ella se dio vuelta hacia mí, y yo palidecí: cuanta resignada desesperanza, propia de la adultez, había en sus ojos, semejantes a espejos por las lágrimas.
- ¡Soy tan infeliz! – dijo ella.
- ¿Tú qué? – asustada me incliné hacia ella, tomando firmemente sus hombros.
- ¡Soy completamente infeliz! – repitió ella en un tono convincente.
- ¡Tontita! – exclamé yo con voz alegre, sintiendo que mi corazón se ahogaba de congoja: ¡para qué, para qué la traje a este concierto! - ¡Eres tan tontita! ¿Es realmente posible esta infelicidad? ¿Se puede ser infeliz con un traje azul tan espléndido? ¿Con esa maravillosa cola con una cinta amarilla? - Yo comprendía que con mi voz alegre estaba diciendo cosas absurdas, y me maldije por mis últimas palabras. - ¿Se puede ser infeliz con un papá tan fantástico, que nada no haría por sus hijos? ¿Y con ese hermano y esa hermana que tienes? ¡Y con esa gata!
Ella se sonrió con lo que le decía, se limpió las lágrimas y preguntó:
- ¿Y él qué tocó?
- ¿Quién?
- Ese violinista, el tan lindo, el alto.
Le di a entender con la mirada que no podía recordar.
- El alumno de tu Sergei Fedorovich
¡Ah, el alumno! Para mí también se veía bien - ¿Viste como camina? Como camello. Cuello extendido, arrastrando los pies – chmiac, chmiac, chlep, chlep. – Yo, sin levantarme, le mostraba como caminaba el chico. Ella sonrió, sacudiendo la cabeza:
- ¡Como tocó!
- Tocó bien, - asentí yo. – Pero si quieres saber, a mí hoy todos me preguntaban - ¿Quién es esa niña que anda contigo? ¡Qué niña tan preciosa!
Levantó hacia mí unos ojos desconfiados.
- ¡Verdad, verdad! ¿Viste cuando me acerqué a una señora vieja de nariz larga? Ella es la directora del departamento de piano. Me preguntó exactamente: “¿Quién es esa preciosa niña que traes? ¡Se ve de lejos que ella es una niña tan musical! Está dicho que la tienes que traer a nuestra escuela…”
Karina me miró con unos ojos lujuriosos y serios, apenas abriendo la boca.
- No, - dijo ella con tristeza. – No, no funcionaría… Hay que viajar demasiado lejos.
- Eso mismo decía yo: es difícil llegar desde donde vivimos. Dos tranvías y después, - me incliné hacia ella y agregué: - Tu eres de la sección cultural, no se puede dejar de lado el trabajo público.
Ella asintió y se volvió nuevamente hacia su reflejo, que tiritaba en la ventana negra del tranvía… Nos callamos.
- No envidies a estos niños – finalmente dije yo. – También tienen una vida difícil… No sé como explicártelo…
- Lo entiendo. Se necesita mucho esfuerzo, - dijo ella.
Nuevamente callamos. No, no podía explicarle nada…
Karina puso la mejilla sobre la manija y desde abajo me miró.
- Usted se parece un poco a mi mamá. Sólo que mi mamá tenía las pestañas mas espesas y la nariz algo encorvada.
Yo, callada, le pasé la mano por la cabeza, por su desordenado pelo amarrado.
- Y el papá nos va a llevar a Anapa en el verano – dijo ella. – Ahora ha empezado a ganar bien, se aferra de todo. Para el verano va a haber ganado mucho, dice él.
- Si, Anapa – esa es la cosa, - dije yo. – Me temo que se nos pasó nuestro paradero.
…En diciembre, antes del año nuevo, nuestras clases se interrumpieron. Karina se enfermó. Le vino una pesada angina en la garganta, larga, caliente, adelgazó mucho y se recuperaba con dificultad.
De los asuntos domésticos se encargó el hermano, y todo caía de sus impacientes e infantiles manos, todo se quemaba, se consumía, se partía. Algunas veces intenté ayudar, pero el muchacho con educación y orgullo rechazaba mi ayuda.
Con el padre no me encontraba, él llegaba a la casa bastante más tarde.
Me topé con él el treinta de diciembre. En la mañana me paré en la cola de una tienda ambulante de madera, pintada con osos y conejos, buscando por largo rato en una deslucida pila de abetos de navidad. Finalmente elegí dos: uno para mi hijo, otro para la familia oriental .
Por la tarde yo iba por el patio del edificio con el abeto, y a mi encuentro desde el garaje, apurado por el frío, corrió el padre de Karina. Me saludó desde lejos, con las manos en los bolsillos de su vieja chaqueta y, viendo que yo me aparecía con un abeto en su puerta, lo comprendió todo y exclamó:
- ¡Oh! ¿Esto es para mí? ¡Cuánto se lo agradezco! Yo me preguntaba que haría por no haber conseguido un árbol de navidad. ¡Hoy mismo como lloraba Larisa! Dice que todos tienen un abeto menos nosotros. ¡Oh, realmente muchas gracias! ¿Cuánto le debo?
- ¡Por favor! – dije yo. - ¡Esto es para los niños, como voy a andar sacando cuentas!
Abrió la puerta del departamento, repitiendo excitado:
- ¡Realmente, cuanto se lo agradezco! Usted simplemente me ha salvado, no sé que hubiera hecho sin este abeto.
En el pasillo saltó Larisa, chillando se levantó en un arrebato de emoción, y corrió a abrazar apasionadamente el árbol. Karina, todavía débil, con vendajes en el cuello, también se animó y le ordenó a su hermano subir a la azotea a buscar unas cajas con juguetes para adornar el abeto.
- ¡Tranquilos, tranquilos! – gritó alegremente el padre. – Sin tanto ruido, sin caos, o el árbol se derrumba.
El abuelo se sentó en el diván con una bata sobre su cálida ropa de cama azulada, y gentilmente observaba la arremolinada felicidad de los niños. De tiempo en tiempo hablaba consigo mismo en una voz alienada.
…Toda la tarde adornamos el árbol. En las viejas sábanas bajo él armamos surcos de nieve, dejamos caer papel picado de colores, rociamos con polvo brillante los adornos colgantes. Y hacia las diez de la noche ya se levantaba en un rincón, con una brillante corona amarilla en la punta. Y cubría la habitación con el misterio del cambio de año.
Este ya no era un abetillo poco desarrollado, al cual durante largo rato y laboriosamente le atamos las ramas, adquiridas por 50 copeicas en el almacén ambulante. Éste era un Abeto, - un maravilloso ídolo, un símbolo, una marca creada para los hombres a través de los milenios… Sólo que en un rincón de la nieve sabanesca era visible un sello con el número de la lavandería: 1462…
Algunos días después, en la fila de la lechería conversaba por casualidad con una vecina a quien llamábamos Cheka . Este sobrenombre se debía a que, de una forma incomprensible, conocía todos los secretos largamente enterrados de todos los habitantes de nuestro edificio. De ella era posible obtener cualquier información: Quién vive con quién, quién dejó a quién, quién compró tal cosa y que hombre ayer se apareció totalmente borracho.
- Tu hijo volvió a prender una fogata en el peladero – me informó ella. Deberías pegarle en las manos para que no vuelva a hacer esas cosas.
- Bueno, lo voy a castigar – le aseguré.
- ¿Escuchaste sobre ese tal Nicolás, el del perro ovejero, del 12? Dejó a su Zinka. Y tomó al perro. Abandonó todo, pero tomó al perro… - Siguió informándome de asuntos similares con profunda satisfacción,
- ¿Vas a enseñar al 12? – preguntó Cheka con severidad.
- Si. - respondí humildemente, sin sorprenderme para nada por su conocimiento sobre mis asuntos.
- Deja de ir. Lo encerraron
- ¿Ah? ¿A quién? – respondí como de pronto recuperando la conciencia. En un instante se me calló el sopor de esta espera matutina
- ¡A él, al papá de los niños, a quién! Se lo llevaron ayer. Hubo un allanamiento, llevaron a la tía Masha de testigo… Si, agarra tu bidón, es tu turno.
Mecánicamente le entregué el bidón a la vendedora, y mecánicamente acepté el peso que me entregó.
¿Porqué? – pregunté yo confundida.
- ¡Aquí está el porqué! – Iluminada y segura me aseguró Cheka. Porque eso había en ella- una seguridad de marca mayor. – Él se fue a repartir carne en el auto.
- ¿Bueno, y qué? – pregunté yo sin entender nada.
- ¡Qué estúpida! – gritó Cheka como en un trance. – ¡No comprende nada! ¡Por el mal camino llevaba esa carne! ¡Hacía todo tipo de maniobras con facturas falsas!
- ¿Robó? – tontamente definí más preciso yo.
- ¡No, despachaba a la sociedad de amantes del libro! – exclamó ella alegremente, aún maravillándose de mi estupidez. – El tonto es tonto, te digo. Si hubiera robado con inteligencia… Hay gente que roba toda su vida y los siguen honrando. Masha dice que en el allanamiento lloraba mucho y repetía: “Fue por mis hijos, por mis hijos”.
Tomé el bidón con leche y, ya sin escuchar a Checa, salí de la tienda. En la calle estaba helado, y el frío lamía las manos y la cara con una lengua áspera. En el aire volaban perdidos algunos copos de nieve secos.
Fui donde Karina.
Ella abrió la puerta, y en la misma entrada se podía oler la desgracia. Estaba a la vista que los niños aún no habían logrado reponerse tras el allanamiento – el armario del comedor estaba vacío, la vajilla estaba puesta sobre la mesa y sobre las sillas, en el suelo habían algunas cajas de cartón vacías. En el diván yacía la ropa en un montón.
El abeto se levantaba en un rincón como un brillante espantapájaros, y la gata intentaba tomar con sus garras los adornos que colgaban más bajo.
Yo dejé el bidón en el suelo, me saqué el abrigo y me desenrollé la bufanda.
- ¿Cuándo? – le pregunté a Karina
- Ayer – me respondió con calma.
Si, el grado de información de Cheka era Espeluznante.
El abuelo con Larisa estaban en el diván, arrimados el uno contra el otro, como buscando mutuamente protección. El abuelo, por supuesto, no entendía nada, pero sentía la tensión en el ambiente.
El muchacho, lloroso, caminaba por la pieza, intentando poner orden – o bien levantaba del suelo el gorro de piel de su padre, o bien cerraba las puertas abiertas del armario.
Karina estaba enfermizamente pálida, como si recién despertara. Estaba sentada en el taburete del piano, inclinándose de aquí para allá, y me contó los detalles en voz baja y concentrada… Si, el año pasado mi papá ganó bien. Comenzó a trabajar con el almacén de mi tío Achil, el marido de mi tía Zina… Ahora así sucedió, que a mi papá lo agarraron… ¿Al tío Achil? No, se encontró que él no tenía nada que ver… en nada encontraron que tuviese algo que ver.
El abeto en una esquina se deshojaba en silenciosos suspiros. Yacía distanciado en un largo, largo descanso. Algo sonó con un ruido metálico. – cayó y comenzó a rodar una bola brillante. El gato saltó y la miró atentamente.
- Ahora nuestros parientes nos van a separar… - dijo Karina – aunque sería mejor que fuéramos a un orfanato. Y así… a Larisa se la va a llevar la tía Zina, y ella vive lejos, casi fuera de la ciudad.
- ¿Y a ti? – pregunté yo. - ¿A ti ella no te va a llevar?
- No, a mi me va a tomar el hermano de mi papá
El chico de pronto comenzó a llorar apagadamente, enterrando la cara hacia un lado. Karina no lo miraba, continuaba sentada en el taburete. El abuelo sonreía complaciente y murmuró algo, apretando contra sus hombros la frondosa cabeza de su nieta menor.
- ¿Se puede, de alguna manera, pedir que los manden a todos a un orfanato? – sugerí yo, comprendiendo con desesperación mi propia inutilidad en esta casa, en este drama.
- No, - dijo el chico, corriendo hacia un lado sus lágrimas – los nuestros no botan a los niños, los reparten entre familiares. Parece que va a ser así… al abuelo se lo va a llevar la tía Zina… a un asilo de ancianos, por supuesto.
Sonó el timbre en la entrada – persistente, autoritario.
- Esta es la tía Zina, - indolentemente dijo Karina, sin levantarse del taburete. – Viene a buscar a Larisa.
El chico abrió la puerta, y como la vez anterior, se abrió paso hacia la casa hablando con una voz cruda y chillona.
- ¡Muévanse! ¡El chofer espera! ¡Recójanlo todo!
- ¿Porqué todo? – se hizo escuchar la nerviosa voz del chico.
La tía Zina empujó la puerta al comedor, le echó una mirada a la habitación con un apenas notorio movimiento de sus espesas pestañas y le ordenó a Karina:
- ¡Escucha! ¡Ponte a recoger las cosas que sean necesarias! ¡Lo vamos a llevar todo!
- ¿Y el abuelo? - Preguntó Karina frunciendo el seño.
- Mañana viene a buscarlo el tío Achil. ¡Vamos, menos conversación! ¡Hay poco tiempo!
- ¿Y cómo se va a quedar sólo hasta mañana? – preguntó Karina, sin levantarse. - Él sólo se asusta. Nunca lo dejamos solo. Hay que darle de comer.
- ¡Nadie se muere un día sólo! – Se exasperó la mujer. ¡Vamos, condesa, cuanto la voy a esperar! ¡Me salí del trabajo, el chofer está afuera!
El abuelo, como sintiendo el peligro, se movía intranquilo en el diván, apretando contra sí a su nieta menor, quien miraba con ojos asustados a su hermana con la tía Zina.
- No voy a dejar sólo al abuelo, - dijo Karina. – Se instaló una pausa momentánea, en la corriente de la cual la tía Zina interpretó: esta pequeña escoria, quien debiera estar agradecida de todo lo que hago por ella, se atreve aún a levantar la voz y poner condiciones – y descargó un apasionado y chillón monólogo en su lengua oriental, monólogo, iluminado por la vulgar luminosidad de sus dientes de oro. De tiempo en tiempo entre ellos se formaban palabras en ruso: cárcel, basura, animal…
El abuelo con su nieta menor tenían los ojos desencajados, con la misma expresión aterrorizada. El chico se encogía en la silla, y sólo Karina se mantenía parada ante su tía con un odio manifiesto, sombríamente aguantando los insultos. Cuando ésta hubo terminado su monólogo, ella repitió con calma:
- Sin el abuelo no voy a ninguna parte.
Entonces yo no puede aguantarme:
- Escuche, ¿Para qué separarlos? – Intenté decir en un tono benevolente. - ¿No es esta una familia, y usted pretende confinarlos a rincones diferentes?
La mujer se volvió con tanta admiración en la cara, como si el abuelo de repente hubiese dicho algo en ruso y razonable.
- ¿No será posible ayudar de otra manera…? – continué yo. – Seguramente, su familia es grande, pueden recolectar medios para la vida de los niños, y con la economía de la casa y el abuelo ellos se las pueden arreglar perfectamente.
- La tía Zina, como recepcionista de casa de empeños al instante se puso en camino y “estimó” mi vieja ropa de entrenamiento, mis manos vacías sin anillos, pobres dientes naturales y habló en forma diligente y educada:
- Escuche, querida… ¿Por qué no se alcanza a sus asuntos? ¿Qué hace usted aquí, donde no tiene nada que ver? Deje que las familias arreglen sus propios problemas.
Y agarró de una mano a Larisa, empujándola con malicia.
Pero ella, de repente aferrándose al viejo, gritó desesperada:
- ¡No! ¡No me voy con usted! ¡Abuelo! ¡Agárrame con fuerza! El viejo apretó con ambas manos la cabeza de su nieta contra su pecho gris bajo la bata entreabierta. Pero la tía Zina era más fuerte y arrancó a Larisa de los brazos del viejo y éste comenzó a llorar, lamentándose, sorbiéndose, observando en shock sus manos temblorosas.
- ¡Espere! – grité yo. - ¡Deje a los niños! ¡Yo los tomaré! ¡Yo tomaré a los niños! – repetí con firmeza. – Y al viejo. ¡No los toque! ¡Déjelos aquí!.
La tía Zina suspiró livianamente, y por algunos segundos me observó con una expresión que mezclaba odio y alegría.
- ¿Ella se va a llevar a los niños, ah? ¡Ella se va a llevar a los niños! – insinuante exclamó, mirándome ya no a mí, sino todo alrededor, como si de pronto se hubiera rodeado de una multitud simpatizante.
- Ella va a tomar a los niños, y como una guardiana, todo lo va a arrebatar, ¡todo! Ella entró a esta casa y observó, ¡Aquí sí hay para tomar! ¡Después va a argumentar que esto no es de nadie!
- ¡¿Qué?! ¡¿Qué pretende!? Grité yo sofocándome. - ¿Cómo se atreve?
- Después, niños, esta guardiana se va a apropiar del abrigo de piel de vuestra difunta madre! - Tronó ella ceremonialmente. – Se llenó de codicia ¿ah? Se llenó de codicia por los buenos huérfanos. ¡Noooo! ¡Bueno, pegue el mordico, música, deportista!
Lo último se refirió, aparentemente, a mis deslavadas ropas deportivas… Nos quedamos paradas la una contra la otra, y ella enrostró ante mi cara sus joyas de rubíes y diamantes. En una visión colateral vi al chico marchitándose, y al abuelo, fuera de sí por los gritos. Karina estaba junto a mí, tras mi espalda.
- ¡Mercachifle! Todavía debo probar de qué te has aprovechado. ¡Yo misma lo voy a probar!
La voz de la tía Zina pasó a un nuevo nivel, aún más regocijada y chillona. Yo no sabía cómo arreglármelas ante este vozarrón. Sentí un espasmo de nausea en el cuello, salté al pasillo y tomé me abrigo.
- ¡Te voy a encarcelar, especuladora!
Golpeando la puerta, me deshice de la pegajosa basura que se me había pegado con este vozarrón.
En la casa, al verme, mi hijo me preguntó asustado:
- ¿Qué te pasó? ¿Te caíste? ¿Te golpeaste?
- Me golpee, - murmuré yo.
…Por la tarde, de todos modos decidí regresar a esa puerta – deseando que alguno de los niños se haya quedado. Nadie me abrió… Significa, sin embargo, que Karina ganó esta batalla y consiguió llevarse con ella a su abuelo.
Muchas veces después me acerqué a la entrada y por largo rato toqué el timbre – no podía sacarme de encima la idea de que, en este departamento, había tres niños y un viejo demente esperando mi ayuda.
…Después de tres años, me encontré por casualidad con el hermano de Karina en el patio central del edificio. Él había crecido, era ya un adolescente y no parecía tan enfermizo – se había agigantado a sus diecisiete años. Me saludó educadamente y con reserva, y hablamos un poco. Gracias, todo bien, al papá lo liberaron tras dos años. Todo bien – yo trabajo, las niñas estudian, el abuelo murió…
No me permitió preguntarle más. Disculpe, estoy apurado. Vamos a cambiar de departamento, y allá hay un hombre, ¿ve? – me está esperando, quiere ver nuestros planos.
Y bien, ha sido costoso el simplemente respirar aliviada. Me deshice de esta carga – estas innecesarias y pesadas para mí clases de música, pero no se suspiraba con tranquilidad, el suspiro se quedaba en el cuello y como una roca colapsaba en mi corazón.
En todo caso, ¡qué más decir! Estas clases fueron el último recordatorio serio de mi formación musical. Desde entonces el pasado me inquieta sólo en las noches.
A menudo me agarran angustiosos sueños musicales. Cinco minutos antes de un examen, para el que no me había aprendido la parte de la mano izquierda del Preludio de List. Y a mi mano derecha está sentada la comisión. ¿Lo notará o no lo notará? Debía a entrar a compasar después de la pausa, oprimir el pedal después del acorde con mis tardíos, sigilosos pies, para prolongar este sonido en la soledad. Aún debía hacer algo más: algo inasible, inaludible, pero debía, debía, y esto hace bastante tiempo había encadenado mis manos… Algo parecido a un deber filial – pesado, pero arrojado de los hombros. Y yo vagabundeaba como una huérfana… Y esta desgarradora melancolía en el cuello… Oh, yo debía hacer esto y aquello.
Salgo del ensueño y lloro en silencio. Sin lágrimas, sin temblor, llora en mí la juventud apabullada por una noble violencia. Lentamente retorno a mí misma y recuerdo que ya no le debo nada a ella, a la música. Mis manos, encadenadas en sueños al teclado, como en las galeras, no se rebelan – gradualmente abandonan la pesada ensoñación.
Navego mucho más allá de la elevada esclavitud y las humillaciones infantiles, del parquet amarillo, de los pianos de cola resplandecientes, de las partituras para la mano izquierda que no puedo recordar… Dejo el templo, cuyas columnas amenazantes y frágiles apenas no se desmoronaban sobre mí… Nadie escucha esta confesión de ensueño, yo entiendo que todo esto es, en esencia, gracioso y tonto para una persona adulta. ¿Acaso no terminó todo hace largo tiempo?: mi padrastro, la música, severo y justo, ya me educó, me puso los pues en la tierra y se hizo a un lado, legándome mucho; legándome, por ejemplo, la aptitud para el trabajo forzado, en el cual nadie me hace competencia. Fueron demasiados años; así ellas, mis dos manos, ahora muestran las huellas de la fatiga, la dorada carga conseguida por un minero tras muchas horas de agotamiento. Esta claridad de trabajo evidente, Esta sacra imposibilidad de presentar lo que no te pertenece, es el principal legado de mi maldito y sagrado pasado musical…
Todo está bien… A veces, cuando las severas garras de mi orgullo rasgan mi corazón más fuerte que lo normal, me obligo a recordar, como esperaron infructuosamente una vez mi ayuda tres niños y un anciano demente…
Con los años te escudriñas más profundo, y mientras se acerca el día no te apartas del ruinoso abismo de la culpa. No te apartas del borde del precipicio, y te fijas atentamente en cada piedra de esta culpa, en las pequeñas y en las grandes; y a este temor, por el cual se quiebra y se atormenta el alma, llegarás finalmente sin arrojar ni un poco fuera de ti, toda vez que te lamentes en silencio con voz temblorosa en las borrosas tinieblas de las noches sin sueño.