Los días se tornan grises y dorados en la bella Petersburgo. Grises porque las nubes que acechan desde la confinidad polar, dando un aire de melancolía a la cuidad. Sus clásicos edificios que en verano se refrescan con los reflejos de los canales, se tornan más opacos, como abstraídos a una remembranza de tiempos remotos.

Dorados porque el otoño también trae consigo la gala de las hojas que, vestidas de amarillo, se dejan caer suave y pausadamente con la brisa prematura, adornando los parques y senderos, palacios y esculturas.

Hay sin dudas una estrecha relacion entre ésto y los ciudadanos. En ellos se refleja también el mismo sentimiento; las miradas se tornan grises entre las calles, y los pasos mas pausados y románticos en los parajes de oro. Si, existe una conexión clima-cuidad-gente indudable. Al pasar bajo la mirada solemne de los edificios y la sutileza silenciosa de las arboledas al alma se sorprende y estremece ante la historia que es sin dudas dentrode cada ladrillo y cada fibra de estos incolumes de mirada retrospectiva.

Les dejo algunas imágenes, primero de algunas calles y edificios aledaños, y tambien del dorado otoño en Pushkin y el jardín de verano.



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