Entre las fuentes primarias de la historia americana un lugar especial ocupan diarios y memorias de los viajeros, principalmente europeos, que en distintas épocas, con diversos objetivos han visitado o recorrido unos u otros lugares o zonas de América. Se trata de un grupo de fuentes extremadamente heterogéneo: los viajeros que dejaron registradas en forma escrita las impresiones de sus viajes pertenecen a diversas naciones europeas, siendo su propia cultura y mentalidad en cada caso el punto de partida para la observación y análisis de la realidad de otros continentes.
La mayoría son hombres, pero también hay testimonios femeninos. Sus edades oscilan entre los 18-20 y 45-55 años. En la mayoría de los casos se trata de navegantes que describen los mares, las costas, los puertos y aquella parte de la realidad de los países visitados que alcanzan a conocer durante la permanencia de sus barcos en determinados puertos.
Sin embargo, también encontramos casos de viajeros terrestres que aventuran adentrarse en las zonas interiores de los continentes desconocidos y hasta cruzarlos por tierra. Encontramos también testimonios valiosos de extranjeros que residieron por cierto tiempo en algún país del continente americano, cuya visión es más continua en el tiempo y abarca aspectos de la vida pública y privada de los países americanos.
Entre ellos encontramos científicos naturalistas, cuyo objetivo es precisamente reunir la información para sus investigaciones, capitanes de las armadas descubridores de nuevas tierras, jóvenes oficiales marinos ávidos de impresiones, artistas, viajeros por placer, marinos mercantes, comerciantes y sus familias, diplomáticos y funcionarios estatales. Objetivos distintos, diferencias en la formación, cultura y visión del mundo se reflejan en sus obras.
Algunos de los textos constituyen informes científicos y/o políticos oficiales de los viajes y fueron escritos para ser presentados a los organizadores y patrocinadores de las expediciones. Otros estaban predestinados para las publicaciones en revistas o en forma de libros (recordemos que la literatura de los viajes constituye uno de los géneros predilectos en los siglos XVIII-XIX). Otros, no son otra cosa que los diarios personales, hechos públicos por los descendientes de los viajeros o encontrados en los archivos.
¿Qué le pueden proporcionar al historiador estas fuentes y porqué hay tanto interés ante cada nuevo texto descubierto?... Es indiscutible que todas ellas tienen serias limitaciones. Se trata de documentos personales, más o menos subjetivos, tal vez visiones superficiales de gente de paso que alcanzaron a ver poco y escuchar apenas algo...
Y sin embargo, se trata de fuentes realmente valiosas.
En primer lugar, porque se trata de la mirada externa, de la mirada del otro que permite distinguir matices diferentes en el paisaje del pasado nacional, familiar, tal vez demasiado "propio".
Segundo, entrega una gran cantidad de información sobre la cotidianeidad, costumbres, formas de vida, es decir, de todo el conjunto de datos que para sus autores se inscribía en los marcos de la descripción etnográfica y costumbrista que hoy posibilita la reconstrucción de la historia de la vida privada de una sociedad.
Tercero, los aislados datos económicos que entregan estos textos, por lo general relacionados con el abastecimiento de la actividad marítima (precios, calidad y cantidad de los bienes y servicios ofrecidos en los puertos), siempre comparando las condiciones de cada escala, pueden ser contrastados con la auto-imagen comercial del país en este rubro.
Cuarto, dado el insuficiente nivel del desarrollo de las ciencias naturales criollas en esas épocas, las observaciones de los viajeros (naturalistas profesionales o aficionados), en muchos casos constituyen las descripciones únicas de importantes zonas del continente, y no sólo de su perfil geográfico, su flora y fauna, sino también de su población autóctona antes o al comienzo de la colonización de esos territorios. Finalmente, las disparidades en la disponibilidad de las fuentes primarias internas para unos u otros temas de la historia latinoamericana, puede significar que las descripciones detalladas y las observaciones pasajeras de los viajeros sobre los temas más diversos tengan un valor sobresaliente.
No hemos tocado en esta reflexión, la importancia de la interrelación y retroalimentación mutua de la visión conceptual europea sobre América formulada por los viajeros y el pensamiento propio latinoamericano en torno a los temas de la identidad, desarrollo, ilustración, modernidad, cultura y otros tópicos centrales del pensamiento del siglo XIX.
Para la ciencia histórica chilena, los testimonios de los viajeros constituyen una de sus fuentes tradicionales más antiguas. Como dice G.Feliú Cruz, "Desde sus orígenes mismos, al finalizar la primera mitad del siglo XIX, la historiografía chilena reconoció e incorporó como fuente principalísima para la integración del pasado nacional, el testimonio de los viajeros que visitaron el país en las épocas diversas".
Entre los cuerpos de literatura de viajeros en América, los más numerosos y conocidos son los testimonios de los navegantes, naturalistas, comerciantes y diplomáticos ingleses, franceses, alemanes y españoles. Hacia la segunda mitad del siglo XIX aumenta el número de los norteamericanos, aparecen italianos, escandinavos, polacos. Se incorporan a este género las notas y reflexiones de viajes de los mismos latinoamericanos a través de los países propios y vecinos. La bibliografía sobre viajeros relativos a Chile recopilada por G. Feliú Cruz incluía en 1962 un total de 550 títulos.
Y sin embargo, no hay en esta lista, ni en alguna otra referencia a los viajeros en Chile, ni una sola mención a los viajeros rusos que visitaron el país a lo largo del siglo XIX.
VIAJEROS RUSOS EN AMÉRICA: PARTICULARIDAD DE LA MIRADA
Mientras tanto, a partir de los principios del siglo XIX, los marinos rusos realizan prácticamente en forma anual los viajes alrededor del mundo, a los que hay que agregar los viajes aun más numerosos hacia sus puertos en la costa asiática del Pacífico o hacia sus colonias en Alaska y California (estos últimos viajes hasta los años 60 del siglo XIX). Como se sabe, antes de la inauguración del canal de Panamá, todos los barcos que necesitaban pasar del océano Atlántico al Pacífico, tenían que hacerlo bordeando el extremo sur del continente americano. Esta tarea de extrema complejidad que requería de talento y experiencia en el manejo de las vulnerables naves de la época, hacía casi indispensable una estada técnica posterior en algún puerto de la costa americana del Pacífico. De hecho, la mayor parte de las naves que transitaban por esta ruta hasta los fines del siglo pasado, entraban en algún puerto chileno o peruano.
Y las naves rusas no constituían en este sentido ninguna excepción. Presentamos en esta edición trece testimonios de los navegantes rusos que a lo largo del siglo XIX visitaron Chile y/o los países vecinos dejando sus impresiones escritas sobre esta parte del mundo, su naturaleza y su gente. A estos se les agrega el único texto de un viajero "terrestre", geógrafo, explorador y literato Chijachov que en los años 30 del siglo XIX cruza la Cordillera y la pampa para llegar por tierra desde Santiago a Buenos Aires.
Los testimonios de los viajeros rusos, a pesar de su diversidad y heterogeneidad interna, conservan ciertos rasgos comunes que los compatibilizan con otros testimonios semejantes dejados por los autores provenientes de otras naciones europeas. Pero a la vez nos gustaría destacar la particularidad de su visión de América que tal vez puede permitir divisar nuevos matices en su paisaje histórico.
En primer lugar, se trata de una mirada "desde el otro fin del mundo", absolutamente externa y de una especie de descubrimiento personal y nacional. Vale recordar que los contactos históricos entre Rusia y el mundo ibérico eran mínimos y el "descubrimiento" de la cultura española y la cultura latinoamericana para Rusia se produce paralelamente y en la misma época. De ahí que todo lo observado en América del Sur para los viajeros rusos es muy distinto y más exótico que para los europeos occidentales, franceses o ingleses, para los cuales América Latina se asocia parcialmente con algo conocido.
Segundo, Rusia no tenía pretensiones geopolíticas ni económicas en Sudamérica, de ahí que la visión de sus navegantes, incluyendo a destacados oficiales marinos, diplomáticos y estadistas, sea más desinteresada que la de los testigos involucrados política y/o económicamente en la región (aunque por lo mismo, tal vez más superficial).
La tercera particularidad tiene que ver con ciertos rasgos distintivos de la cultura rusa decimonónica. Reiteramos la importancia de la cultura nacional y del tipo de mentalidad del viajero como punto de partida de su visión y su análisis de otras tierras. La cultura letrada rusa representada en los autores de los textos reunidos, es la cultura de la nobleza rusa, europeizada, con notoria influencia de las ideas de la Ilustración, con fuerte substrato romántico a lo largo de todo el siglo XIX, pero a la vez señorial y antiburguesa. Las universidades y otros centros educativos elitistas de Rusia del siglo XIX preparaban, en muchos casos, gente culta e ilustrada en general, poco pragmática, lejana a los negocios, no reivindicada por el estado en toda la plenitud de sus conocimientos, en cierta medida desarraigada. La carrera militar es tradicional en este medio y dentro de ella la carrera de marino, o de geógrafo y/o naturalista explorador ofrece a la vez un sentido de existencia, reivindicación de capacidades y conocimientos, una especie de escape de las limitaciones de la situación interna del país.
Por supuesto, lo presentado más arriba constituye una generalización, tal vez poco admisible. Los factores allí mencionados se reflejan en distinto grado y de distinta manera en la personalidad y en el testimonio de cada uno de ellos. Sin embargo, se puede hablar de ciertas diferencias marcadas entre los viajeros rusos y la mayoría de los viajeros europeos y norteamericanos en América del Sur del siglo pasado. Así, casi todos los barcos rusos que visitan Chile y los países vecinos son los barcos militares rusos, ocupados a veces con los fines de exploración e investigación. Las únicas naves relativamente comerciales son las pertenecientes a la Compañía Ruso-Americana, también de propiedad del Estado Ruso. Entre los autores de los testimonios rusos no hay ni un solo hombre de negocios, ni una sola mirada que demuestre algún interés empresarial propio. De ahí, lo que esperan encontrar en América es algo distinto, una mirada diferente al criollo, al indígena, a la naturaleza y ciudades americanas.
Entre los autores de los testimonios, de cada uno de los cuales hablaremos más abajo, encontramos a varios capitanes reconocidos, descubridores de islas y estrechos, revestidos de poderes diplomáticos en sus travesías. Sus textos, por lo general, constituyen sus informes oficiales de los viajes, escritos para ser presentados a la Corte Imperial. Hallamos también numerosos testimonios de marinos jóvenes, oficiales y guardiamarinas, por lo general en forma de diarios personales durante el viaje. Entre los más valiosos se encuentran los trabajos de los científicos naturalistas, geógrafos, antropólogos que forman parte de las expediciones especializadas o residen algún tiempo en la región. Un toque particular le proporcionan a esta visión rusa de la América decimonónica, los testimonios de los dibujantes que acompañan a las expediciones o de los médicos y otros profesionales que forman parte de ellas.
Si bien los informes oficiales de las expediciones eran conocidos desde el momento de su primera publicación y algunos de ellos han tenido más de una reedición en Rusia durante este siglo, la mayoría de los diarios personales conocidos hoy, fueron publicados después de la muerte de sus autores, incluyendo algunos que fueron encontrados recientemente. M.Lotman en sus estudios de la cultura y vida cotidiana de la nobleza decimonónica rusa destaca la amplia divulgación de los hábitos de los diarios personales y de la mantención de correspondencia entendida casi como un género literario en este medio. A partir de ello, L.A.Shur, el primer investigador de los viajeros rusos en Latinoamérica, plantea que los textos conocidos y recuperados para la ciencia histórica contemporánea constituyen solamente la cúspide del iceberg de la amplia literatura de este género, puesto que la escribalidad personal y privada (en forma de correspondencia o diarios de vida) era la forma predominante de la socialización de los sectores letrados de la sociedad europea decimonónica. Más aún, en viajes prolongados, en la soledad de los océanos o frente a las impresiones múltiples de las tierras lejanas, la mayoría de los participantes letrados de las navegaciones llevaban en una u otra forma sus diarios. En este sentido, el historiador puede esperar (y buscar) la ampliación considerable de esta base de fuentes primarias.
Finalmente, creemos que en muchos casos las observaciones más profundas de los viajeros están íntimamente ligadas con las intenciones de comprenderse a si mismos y a sus países. En este sentido, los textos de los letrados viajeros rusos presentan un interés especial. El tema de la identidad nacional cultural, las reflexiones acerca de la pertenencia o no pertenencia de Rusia a la civilización europea occidental constituyen el meollo del pensamiento y de las búsquedas de los sectores ilustrados de Rusia a la largo de la mayor parte del siglo XIX. El encuentro con América Latina con su propia combinación de lo europeo y lo propio acentúa las reflexiones identitarias de los viajeros rusos, proporcionando a la vez una particularidad especial a su visión del Nuevo Mundo.
CONTINUARÁ