Me hallaba tranquilamente tomando un té en el camarote del tren cuando de repente y sin previo aviso se abre la puerta del mismo y aparece un oficial de seguridad ucraniano como sacado de una película de espionaje de Gene Hackman y al que parecía le habían borrado la sonrisa, ordenando en un tono cuartelero mostrar el “passport”. Intuí que estaba llegando a destino.
Luego de once agotadores horas de viaje en tren desde Kiev, efectivamente, estaba llegando a Ternopil, escala previa a la aldea de Shumbar (Ucrania), lugar en donde cumpliría el sueño de mi vida, el cual mi padre, lamentablemente, no pudo completar: tener el primer contacto con mis raíces familiares y visitar la casa de mi abuelo paterno Pedro.

Allí en el andén, estaban esperándome alguno de mis parientes: Basilio y Yuriy junto a sus hijos Vitali y Roman, típicos aldeanos Ucranianos, vistiendo ropas de domingo, ramos de flores en mano y una mirada muy especial, en la que no podían evitar disimular su alegría. Abrazos, llantos y sonrisas fueron los predominantes de ese primer encuentro. Por un lado no quería parar de filmar con mi cámara, pero por otro, no quería dejar de grabar en mi memoria esa esperada ocasión.
De ahí al pueblo fueron dos horas más en taxi, en la que mi ansiedad gobernaba la situación queriendo agotar todos los temas posibles, pretendiendo ligar en ese trayecto datos de dos generaciones y simultáneamente, sorteando una gran barrera: el idioma.
Afortunadamente me acompañaba mi amigo Vladimir que, junto a lo aprendido en cuatro meses previos de estudio del idioma, me ayudaron a sobrellevar la situación.
Llegué a la entrada de la antigua aldea de espíritu campesino que no la calificaría de humilde sino de detenida en el tiempo y castigada por la historia.
Según me comentaban tenía alrededor de ochocientos habitantes; se veían construcciones bajas y muy antiguas tipo cabañas de material dispersadas en una semi llanura y casi todas, rodeadas de cercas de madera, calles de tierra y algún que otro resto de lo que en una época fueron automóviles soviéticos.

En el horizonte se podían apreciar los resabios de koljoces o antiguas granjas colectivas mezclados con maquinaria agrícola de vieja data, carros a caballo con adolescentes balbuceando “llegaron los americanos” y el cartel indicativo del pueblo Shumbar inclinado hacia un lado, con un grupo de gansos a su alrededor y en donde me saqué la primera foto como queriendo sellar apresuradamente ese inolvidable encuentro.

Toda esa escena me hacia acordar alguna imagen de la serie “Combate” que veía en mi infancia, cuando el Sargento Vic Morrow entraba en aquellas típicas aldeas europeas de la segunda guerra mundial.

Había programado pasar seis días allí pero con la primera impresión que tuve, creí que sinceramente iban a ser una eternidad. Luego me di cuenta que no alcanzaron.
Llegué a la casa de Yuriy, a la que calificaría como un típico hogar campestre de Ucrania. Previo a la entrada tuve que sacarme los zapatos para cumplir con la tradición del lugar.
Pude observar en su interior paredes irregulares pintadas con tonos rosas y celestes intensos, distribución caprichosa de los ambientes, alfombras usadas como tapices que cubrían la totalidad de las paredes, imágenes religiosas colgadas por doquier, rodeadas con flores artificiales multicolores, almohadones con bordados artesanales, la cocina a leña, ausencia de baño interno, una sola pileta en la cocina con un sistema de provisión de agua muy celosamente administrada y lo principal: una mesa colmada de comidas autóctonas en donde predominaban espesas salsas y frituras. Serían el agasajo de bienvenida. El principal anfitrión unas cuantas botellas de “jorilka” (vodka).
Al minuto empezaron a llegar parientes de todas partes que se iban presentando uno a uno. Todos manifestaban una mezcla de timidez con ansiedad. Las mujeres ancianas usaban pañuelos en la cabeza. La mayoría tenían las manos prácticamente deformadas y muy agrietadas como consecuencia de dedicarse toda una vida al trabajo de la tierra. Se los notaba como gente amable, hospitalaria y muy trabajadora. Sus rostros denotaban que el transcurrir del tiempo los había castigado mucho, a tal punto, que cuando les preguntaba la edad me sorprendía porque aparentaban casi el doble de lo que me decían.

Siempre cámara en mano, trataba de aislarme de la situación para ir interpretando lo que me decían en medio de un bullicio en idioma Ucraniano pero, simultáneamente me sumergía de nuevo para no desperdiciar ni un minuto.
Seguidamente, hice entrega de una serie de regalos varios que había llevado desde la Argentina: ropa, juguetes, artículos. de cuero, cd´s, electrónicos y golosinas entre otros. Todos eran recibidos con entusiasmo. El que más impactó fue la pelota de football con un inflador. Sólo había una de ese tipo en la aldea y pertenecía a la escuela.
Seguidamente y previo a la cena, saqué de mi bolso una botella de cerveza artesanal fabricada por mi a la cual la bauticé “Terbier”, y había llevado especialmente con motivo del encuentro, realizando así un brindis por ese momento histórico. Acompañó el mismo, la lectura de un discurso que había preparado en idioma ucraniano.
En ese momento reinaba un silencio absoluto. Pensé que nadie me entendía. Cuando levanté la mirada, me di cuenta que todos habían entendido y la causa del silencio era que se habían quebrado en un silencioso llanto masivo.

Luego del brindis, el resto de las botellas fueron llevadas a la “heladera”: recinto subterráneo fuera de la casa, en donde se acopiaban toda clase de alimentos y bebidas caseras para pasar el invierno.
Finalizada la cena y después de deleitar las exquisiteces típicas nos fuimos a dormir con una sola preocupación en mente: el baño. El mismo era del tipo letrina, fuera de la casa y sin luz eléctrica...... A la noche me dieron ganas de hacer “n*1”, tratando de evitar el “n*2” por no estar acostumbrado, pero pensando que el médico mas cercano estaba a unos cuantos kilómetros del lugar e imaginándome lo peor, cerré los ojos y me amoldé a la situación. No fue tan grave.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano para realizar las primeras excursiones: la visita a la casa de mi abuelo y el cementerio.

Previo a dicha salida me ofrecieron el primer desayuno: sopa de ganso, gelatina de pollo, salo (panceta, mi preferida), borsch (o sopa de remolacha), jolupsis (exquisitos!!), canapé prolijamente armados con fiambres caseros, uvas, pepinos, tomates, varenikes y la infaltable vodka que, según sus costumbres, había que beberla vaciando el vaso en un solo trago. Miraba a un lado y al otro buscando la acostumbrada medialuna con café. No estaban, y lo peor era que no había ningún Mc Donald´s cerca, como para despuntar el vicio. Me sentía mirado.
Habrá pasado una media hora de merodeos picoteando algún que otro pan sin saber que comer. Al fin me encontraba pidiendo un bis de sopa de ganso…….obviamente acompañada con otro vodka.
Eran las 10 de la mañana e iba caminando a la casa de mi abuelo y me daba cuenta que aún tenia impregnado en mis fosas nasales el olor a pluma de ganso del edredón que usábamos para dormir a la noche.
Llegué a la casa la cual estaba actualmente deshabitada. Se encontraba tal cual él la había dejado: paredes blancas con ventanas color celeste viejo, techo de tejas a dos aguas cubierto con una generosa capa de musgos, altos pastizales a su alrededor, el recinto de “la heladera” en el exterior al costado de la entrada y atrás, lo que en una época fue el granero con restos a la vista de lo que alguna vez fueron herramientas de campo. Tuve la sensación de haber entrado al túnel del tiempo.
Una vez dentro de la casa, pude recorrer filmar y fotografiar centímetro a centímetro cada espacio de la misma. Caminé de aquí para allá registrando todo. De repente, vi. en una de las paredes una antigua pintura religiosa a la que tengo el placer de ver todos los días en mi habitación y dos jarros de arcilla que también me traje. Estos eran utilizados por mi abuelo para recolectar leche.
Terminada la visita me dirigí caminando junto con los parientes hacia al cementerio. En el camino se sumaban algunos vecinos muy ancianos comentándonos que en su juventud habían conocido a mi abuelo y a su vez, me confiaban algunas historias de él. Había resultado allí un personaje famoso.

Una vez que llegué al cementerio, me fueron presentando cada una de las tumbas de la familia logrando así poder terminar de armar el árbol genealógico.

Las horas y los días pasaron volando. No olvidaré jamás la visita al colegio que en esos momentos se encontraba en receso escolar, pero la directora, al saber que había llegado desde un lugar muy lejano, convocó a los alumnos para que nos realizaran un agasajo. Me recibieron con la ceremonia del pan y la sal, me mostraron con orgullo las impecables instalaciones, los alumnos vestidos con ropas típicas de fiesta nos agasajaron con bailes y canciones ucranianas. Al final, los alumnos habían preparado una batería de preguntas donde la principal intriga era saber de donde venía y como era la vida en mi país. Sentía que para ellos era una oportunidad de conocer en carne propia que había del otro lado en el mundo exterior.

Luego de seis días de intensa convivencia e inolvidables experiencias, tuve que abandonar la aldea para proseguir viaje a Moscú.
El adiós fue lo peor. Nos sacamos una foto todos junto; éramos alrededor de veinte personas. Alguna de ellas no las volveré a ver mas……o quizás sí.
Quisiera regresar y llevar a mis hijos para que se encuentren con sus primos. Viviré con esa ilusión.
No quiero terminar de escribir este relato sin agradecer a mi madre, mi esposa e hijos, Vladimir, Ana Maria, Mirta, Alex y toda esa maravillosa familia que existe en Ucrania. Sin todos ellos, no hubiera sido posible realizar este encuentro.
Miramar, agosto de 2005