En mi primer artículo intentaré referirme al siguiente tema ¿cuál es la relación de los chilenos con Rusia, su cultura y su pueblo? Me refiero a la imagen mental, a lo primero que se les viene a la cabeza cuando piensan en Rusia.
Es una pregunta difícil de responder, y la respuesta siempre será algo subjetiva. Para poder tener una idea de la respuesta, es necesario recorrer los períodos históricos que fueron forjando esta imagen.
Lo primero que hay que decir es que, históricamente, los vínculos entre ambos países fueron bastante limitados. Chile, al menos hasta la Primera Guerra Mundial, miraba a Europa como modelo a imitar, pero principalmente a países como Francia e Inglaterra; los sucesos y la historia rusa de ese período tienen poco impacto en este país. Llegan algunos inmigrantes, principalmente las minorías más excluidas del imperio (judíos, por ejemplo), pero en cantidades pequeñas.
Distinta parece ser la situación en el mundo de las artes y las letras. Los grandes escritores como Tolstoi, Dostoievski son leídos con avidez por los grupos más educados de la población, lo mismo que son escuchados los grandes músicos como Tchaikovski, Rachmaninov, Mussorgsky. En el Ballet, es el predominio absoluto de los rusos (Tchaikovski – M. Petipa)
Esa es probablemente la imagen que prevalece de Rusia en esa época (insisto: en los grupos más educados de la sociedad). Un país grande, enigmático, con un sistema de gobierno autocrático (zarismo) que se ha quedado como congelado en el tiempo desde siglos pasados, donde conviven simultáneamente una sociedad agraria, tradicional (también congelada de siglos pasados), con ciudades modernas donde brillan grandes mentes que imponen tendencias en las artes, las letras y también las ciencias y las matemáticas (Mendeleiev, Lobachevsky, Markov).
Entonces vino la Primera Guerra Mundial, La Revolución, (los “10 días que remecieron al mundo”), la Guerra Civil, con la consiguiente ola emigrante que vienen huyendo de los trastornos ocurridos. La mayoría de ellos va a Europa, algunos llegan a Chile. Pero el efecto más grande se siente, indudablemente, en el plano político. Rusia se transforma en la Unión Soviética, y pasa a convertirse en la cabeza de los movimientos de izquierda mundial.
La imagen anterior de Rusia muda a la imagen de la Unión Soviética, que por estos lados (como en el resto del mundo) se va formando por una mezcla entre la imagen proyectada por la propaganda oficial (ciudadanos sonrientes y motivados construyendo el paraíso de los trabajadores en la tierra, industrializando al país, convirtiéndolo en una potencia), con la imagen negativa que de la misma difunden los movimientos políticos que se le oponen y que la demonizan, todo ello matizado por las historias que difunden los disidentes, que empiezan a dar a conocer los capítulos oscuros del sistema que se está implantando (colectivización forzosa, purgas, terror estalinista, etc.)
Es evidente también que esta imagen dista de ser uniforme a lo largo del espectro político de la población del país. Para algunos, es lo más próximo al paraíso, el modelo a seguir y a imitar. Para otros, representa un sistema que pretende dar vuelta de raíz la sociedad y sus tradiciones, por lo que se oponen con gran intensidad.
La Segunda Guerra Mundial marca una etapa importante. Chile es testigo de ella sólo desde la distancia (desde la comodidad de la lectura de un periódico o de un programa de radio), pero asiste con asombro a un impresionante despliegue de valentía y heroísmo mostrado por sus ciudadanos en defensa de su patria frente al invasor, a quien finalmente persiguen hasta los propios bunkers de Berlín. Con ello, el prestigio de la Unión Soviética ante el mundo –como potencia militar y tecnológica- se acrecienta.
Cabe señalar que los trastornos provocados por la Segunda Guerra Mundial traen aparejados un nuevos movimientos migratorios de ciudadanos de la Unión Soviética (rusos, ucranianos), algunos de los cuales llegan a Chile. Llegan, por ejemplo, profesores universitarios, gente vinculada a las artes, etc. Es una colonia pequeña, pero fuertemente ligada al mundo intelectual y profesional, y no tanto al mundo comercial como es el caso de otras colonias (árabe, italiana, española, por ejemplo)
La guerra fría que sigue posteriormente, acentúa las tensiones internacionales, y aumenta las presiones sobre Chile para alinearse dentro del área de influencia norteamericana, aunque el país logra mantener una posición más bien independiente en dicho conflicto, de no alineamiento.
Sin embargo, la polarización reinante contamina y distorsiona las imágenes del inconsciente colectivo nacional. Por un lado, se admiran los logros tecnológicos (la carrera espacial, la tecnología nuclear), los logros científicos, deportivos (olimpiadas, deportistas de elite, ajedrecistas), la excelencia en el plano de las bellas artes y las letras, el alto nivel cultural mostrado por su población. Por otro lado, se desconfía de ella por considerarla un país expansionista, que desea a toda costa expandir e imponer su modelo de sociedad, aún ante la oposición de porciones significativas de la población local de los países van siendo absorbidos dentro de la cortina de hierro (Hungría, Polonia, Checoslovaquia).
Y, finalmente, ¿cuál es la imagen que queda en la retina actual de los chilenos? Pues creo que varía dependiendo de la generación a la cual pertenezca la persona, el pensamiento político predominante en la familia y entorno social en que le tocó crecer, y su grado de interés por la historia y la cultura. Pero es probablemente una mezcla entre las visiones que hemos mencionado.
Tenemos, sí (me incluyo), una responsabilidad en terminar con los mitos que se han ido tejiendo a lo largo de los años sobre Rusia. En Chile aún predomina una imagen más de leyenda que de realidad. Y, peor aún, de realidades que quedaron ya largamente superados por el paso irreversible de la historia de las últimas dos décadas.